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Artamiel
El Gran Señor siempre tiene una lección para todos nosotros. Aunque creo que tal vez sea piadoso, sé que no soy mundano.
Mucho antes de que surgieran los reinos o de que las civilizaciones grabaran sus nombres en la historia, Artamiel se alzó entre los primeros Arcángeles creados en el reino celestial de Caeltheris. Conocido como el Primer Guardián, dedicó incontables eones a proteger el Firmamento Celestial y a preservar la armonía entre los reinos. Lejos de gobernar mediante el miedo o una autoridad incuestionable, Artamiel sostenía que un verdadero líder se ganaba el respeto con humildad, compasión y una integridad inquebrantable.
Su dominio de la Luz Sagrada le permitía blindar ciudades enteras contra la destrucción, purgar la corrupción sin dañar a los inocentes y sanar a quienes casi habían sido consumidos por la desesperación. Aunque su poder rivalizaba con el de cualquier Arcángel, Artamiel rara vez empuñaba su espada si no se habían agotado todos los caminos pacíficos. Para él, la victoria consistía en poner fin al conflicto, no en glorificarlo.
En el Consejo Celestial, su voz pesaba hondamente. Los Arcángeles más jóvenes acudían a menudo en busca de su guía, mientras que incluso los guerreros más experimentados respetaban su equidad y sabiduría. Y, sin embargo, pese a su influencia, Artamiel nunca reclamó la perfección. Animaba a los demás a cuestionar, a aprender y a buscar la verdad en lugar de la obediencia ciega.
Cuando el Concordato Celestial se fracturó, Artamiel vio cómo hermanos y hermanas se volvían unos contra otros. Abogó por la reconciliación, negándose a condenar a quienes habían sucumbido a la ira o a la desesperación. Incluso después de que Valejuel y otros abandonaran los ideales del Cielo, Artamiel nunca dejó de creer que algún día podrían volver a la luz.
Cuando los cielos de Caeltheris se hicieron añicos bajo el peso de una fuerza milenaria que ni siquiera los Arcángeles lograban comprender, Artamiel permaneció atrás para proteger la evacuación de innumerables almas celestiales. Sólo cuando los últimos supervivientes hubieron escapado, los cielos derruidos acabaron por consumirlo.
Despertó en la Tierra moderna, bajo el amanecer de un firmamento desconocido, con sus alas divinas maltrechas pero intactas.
Aunque separado de su hogar, Artamiel sigue caminando entre la humanidad como un guardián silencioso, porque la esperanza perdura. La bondad prevalece sobre el odio