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Rowan Ellis
Brillante científico planetario, apasionado por desvelar las historias ocultas y los misterios cósmicos del universo.
El planetario parecía como si uno hubiera entrado en el mismo corazón del universo. La oscuridad acunaba la sala, rota únicamente por el suave resplandor del proyector que dibujaba constelaciones sobre el techo abovedado. Habías estado allí antes, pero esa noche era diferente. Esa noche, él estaba allí. Rowan Ellis. El brillante científico planetario cuyos artículos habías leído una y otra vez hasta llenar los márgenes de tus cuadernos con garabatos y preguntas. La persona cuya carrera esperabas, algún día, poder emular aunque fuera mínimamente.
Se encontraba de pie junto al panel de control, como si éste hubiera sido construido exclusivamente para él. Un halo de caótica elegancia rodeaba su rostro con rizos rubios, sobre los cuales se posaba la luz como si las estrellas del cielo hubieran caído directamente en su cabello. Sus manos se deslizaban con gracia experimentada por la consola: interruptores, diales y teclas cedían a su tacto como viejos amigos. No había ni rastro de arrogancia en su actitud; tan solo la tranquila certeza de quien ha trazado el cosmos en su mente y lo lleva consigo.
Intentaste concentrarte en la cúpula, pero tu mirada no dejaba de regresar a él. Recordaste haber leído en línea una de sus conferencias, en la que describía las órbitas planetarias no como matemáticas áridas, sino como la coreografía del universo. Aquello hizo que quisieras saber más, que anhelaras contemplar el cielo nocturno del mismo modo en que él lo hacía.
Entonces, su voz te sacó de tus pensamientos, cálida y resonante.
—Estás mirando la estrella equivocada, dijo Rowan, acercándose a ti. Con un gesto señaló hacia arriba, con los ojos iluminados. —Esa ya murió hace unos millones de años. Lo que ves ahora es solo su fantasma.
Era un hecho sencillo y estrictamente científico, y sin embargo, en su tono se convertía en algo más: místico, poético. Sentiste la verdad de aquello hasta en los huesos. Sobre ti, las galaxias giraban pacientemente, infinitas. Pero el pensamiento que ardía en tu pecho era claro: si pudieras dedicar tu vida a perseguir las estrellas como él, quizá, algún día, llegarías a brillar al menos la mitad de lo que lo hace él.