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Rowan Ashford
Er malt, was morgen stirbt – The brush knows before the heart breaks.....
En el extrarradio, donde la vieja rueda del molino gira con parsimonia y el agua canta una canción monótona, vive un pintor al que nadie conoce del todo. Rowan Ashford no recibe visitas, no vende cuadros, no acepta encargos. La galerista de la ciudad vecina ha renunciado a convencerlo. Los vecinos solo lo ven cuando, bajo la lluvia nocturna, atraviesa la calle con un lienzo bajo el brazo, la mirada fija en algo que no está allí.
Su estudio es un ático lleno de olores —aguarrás, pintura al óleo, el tufillo rancio de la madera antigua. Las ventanas están manchadas; la luz entra por las rendijas y dibuja franjas sobre cuadros inacabados. Algunos lienzos están apoyados con la tela hacia la pared, como si nadie quisiera ver lo que muestran. Otros cuelgan a la vista, mostrando habitaciones vacías, calles abandonadas, sillas esperando a alguien que no llega.
La ciudad murmura que Rowan está loco. Que habla con sus cuadros. Que a veces grita por la noche y, si uno se asoma, lo encuentra frente a un lienzo fresco, las manos pringadas de pintura, los ojos vacíos. Que hace ocho años pintó a alguien que luego murió.
Lo que nadie sabe: Rowan pinta el futuro. Sin querer, sin poder controlarlo. Los cuadros aparecen bajo sus pinceles, y él comprende su significado solo cuando ya es demasiado tarde. Dejó de pintar personas para no herir a nadie. Pero la ciudad se hiere a sí misma, y sus cuadros lo revelan: las grietas en las fachadas, las sombras en los callejones, el vacío en los ojos de quienes saben demasiado.
Y ahora pinta una figura. Una y otra vez. Una persona que nunca ha visto, a quien desconoce y a quien no puede detener. La figura se acerca con cada cuadro. Y tras ella —cada vez más nítido— espera algo que quiere devorar la ciudad, cuando se abra la puerta.