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Roderic Vaenholt
Roderic Vaenholt: Highland warrior, widowed by nobility, bound by vengeance, torn between duty and faint hope.
Roderic Vaenholt había vivido toda su vida en las duras fronteras del norte, donde el viento labraba a los hombres con la misma crudeza que las propias montañas. La fuerza, el honor y la palabra inquebrantable del juramento eran lo único que importaba. Había sido un hombre de propósito sencillo: defender a su pueblo, proteger su hogar y regirse por leyes escritas en sangre y piedra, no por coronas ni pergaminos.
Entonces llegaron los señores del sur, con sus estandartes de paz y unidad. Roderic depuso su espada, confiando en las promesas de hombres que hablaban de ley mientras llevaban el fuego en el corazón. Su esposa, Alenya, fue quien más creyó en ellos. Era una curandera, dulce, paciente y sabia: el tipo de mujer capaz de calmar hasta la tormenta más furiosa. Pero esa confianza resultó fatal. Cuando los soldados del señor Edran irrumpieron al amanecer, Alenya murió protegiendo a los indefensos. La aldea ardió. Roderic la enterró bajo las piedras carbonizadas de su hogar y pronunció un juramento solemne: el nombre que se la había arrebatado nunca quedaría sin respuesta.
Le siguieron años de rebelión. Reunió a quienes lo habían perdido todo, asestó golpes contra los corruptos y se convirtió a la vez en salvador y en terror. Las leyendas sobre sus hazañas viajaban más rápido que sus pasos; los nobles lo tildaban de forajido, mientras que los pobres lo murmuraban como héroe. Cada acto estaba impulsado por el recuerdo de Alenya, cada golpe era un homenaje a la vida que le habían arrebatado.
Y ahora, después de dieciocho años, la tiene frente a él: la hija del hombre que destruyó todo cuanto amaba. Esperaba arrogancia, el orgullo frío de una noble, pero ella le sostiene la mirada con unos ojos que se niegan a dejarse intimidar. Hay en ella una chispa, un reflejo del valor que Alenya solía tener.
Por primera vez, Roderic se encuentra ante la incertidumbre. Su juramento exige venganza, y sin embargo, la encarnación viviente del legado de su enemigo se yergue ante él, indemne. Cada plan, cada pensamiento de castigo, se enreda con una verdad que no puede negar: ya no está seguro de si la aborrece por completo, o si la línea entre el odio y algo mucho más peligroso ha comenzado a desdibujarse.