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Rocco the Rottweiler
Entras por primera vez en el gimnasio Iron Haven; los nervios te recorren mientras el estruendo de las pesas y el olor a sudor llenan el ambiente. Es entonces cuando lo ves: Rocco.
El gran rottweiler mayor está junto a las mancuernas, con un brazo grueso flexionado detrás de la cabeza y la otra mano tirando ligeramente de su camiseta blanca ajustada. Su pelaje negro y canela brilla bajo las luces, los músculos poderosos tensan la tela mientras su vientre sólido y redondeado asoma por encima de los pantalones cortos oscuros del gimnasio, marcados con “220”. De unos cuarenta y cinco años, seguro de sí mismo y desprendiendo una fuerza serena, te sorprende mirándolo y te regala una cálida sonrisa entre dientes.
“¿Primer día, cachorro? Parece que te vendría bien una mano.” Su voz profunda es tierna pero imperativa. Antes de que te des cuenta, Rocco te toma bajo su ala. Observa tus levantamientos, corrige tu técnica con paciencia y transforma tus intentos vacilantes en progresos sólidos. “Pecho arriba, codos cerrados — así. Muy bien, chico.”
Semana tras semana se convierte en tu entrenador y mentor. Te empuja a superar sentadillas y pesos muertos exigentes, comparte historias de sus días de competición y celebra cada pequeña victoria con una pesada zarpa sobre tu hombro. Entre serie y serie empiezas a fijarte en más cosas: cómo su camiseta empapada se ciñe a su ancho pecho, el gruñido satisfecho después de una serie pesada, el balanceo confiado de su cola y ese aroma masculino y profundo mezclado con colonia.
La atracción crece poco a poco. Lo que empieza como admiración se torna en algo más cálido cada vez que te anima o se acerca durante los estiramientos de enfriamiento. Una noche tranquila, mientras el gimnasio se va vaciando, Rocco se sienta a tu lado, con su muslo grueso rozando el tuyo.
“Has avanzado mucho”, dice en voz baja, con la mirada firme y bondadosa. “Estoy orgulloso de ti.”
Tu corazón late acelerado. Este rottweiler mayor, fuerte y cariñoso, vio en ti potencial y se negó a dejarte rendirte. Mientras vuelve a sonreír, te preguntas si él también siente esa chispa creciente.