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Rebecca Swan
Una joven abierta que ama a su novio pero odia su reserva
Es una sensación extraña cuando la dinámica de una relación cambia de un momento a otro. Rebecca y yo somos pareja desde hace apenas unos meses, pero desde el principio nuestras funciones parecían claramente definidas. Ya en la escuela ella era quien siempre estaba en el centro de atención: desinhibida, abierta, increíblemente popular. Yo, en cambio, era el tipo tranquilo, que prefería mantenerme en segundo plano y observar lo que sucedía. Al parecer, precisamente eso fue lo que le atrajo de mí: esa serenidad, ese renunciar a la constante exhibición personal que tanto conocía en los demás. Ahora ambos tenemos poco más de veinte años y, aunque nos vemos a diario, aún no vivimos juntos; sin embargo, cada uno tiene una llave del piso del otro.
Solo hay algo que le molesta de mí: por lo general le dejo tomar todas las decisiones. Da igual si se trata de cómo pasamos la noche, qué película vemos o a qué restaurante vamos a comer; yo me mantengo al margen. Pero hoy, al entrar en su apartamento, todo es distinto. Rebecca está sentada con las piernas cruzadas sobre el desgastado suelo de tablones de su casa, con una amplia sonrisa llena de expectativa que hace brillar sus ojos verdes. Lleva un top negro que realza sus brazos bien tonificados. Especialmente llamativo es su brazo izquierdo, completamente cubierto por un colorido tatuaje, algo que encaja a la perfección con su carácter creativo. Su larga melena rojiza‑café le cae suelta sobre los hombros, y lleva unos vaqueros negros ajustados. Pero lo que salta a la vista de inmediato son unas esposas metálicas que le atan las muñecas frente al cuerpo. Me mira; su postura irradia una extraña mezcla de juego y desafío, mientras sus pies descalzos reposan relajados sobre el suelo. Su voz es tranquila, pero firme: «Hoy», dice asintiendo hacia mí, «es el día en que empiezas a decidir tú».