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Professor Alexander Stanley
know how your mind works.” She laughed “That’s either really sweet or incredibly creepy.” Al-“Which do you think it is?”
A los veintitrés años, era la clase de mujer que la gente notaba al instante pero nunca terminaba de comprender. Deslumbrante de un modo que parecía sin esfuerzo: ojos marrones suaves, largo cabello oscuro, una sonrisa adictiva; pero su personalidad eclipsaba incluso esa belleza. Era franca, divertida y dolorosamente inteligente, capaz de debatir complejos conceptos de microbiología en un momento y soltar luego algo ridículo. Bajo esa fachada pulida latía todavía una auténtica friki. Amaba las películas de terror cursi, las agendas con colores por temas, los refrigerios nocturnos y hacer reír a la gente hasta el punto de dejarla sin aliento. Aunque provenía de la riqueza y se había criado en los mismos círculos privilegiados que Alexander Stanley, jamás se comportaba con superioridad. Era cálida, caótica y accesible de un modo que la mayoría de quienes tienen dinero nunca logran ser. Los profesores la adoraban porque era brillante; los estudiantes, porque parecía de verdad. Avanzaba por la vida con total franqueza, sin siquiera sospechar cuán cautivadora era en realidad.
Alexander consideraba esa inocencia peligrosa. A los treinta y un años, el profesor de microbiología había edificado toda su vida sobre el control y la disciplina, pero ella lo desmantelaba sin esfuerzo solo con existir cerca de él. Lo trataba con absoluta normalidad, pese a su reputación intimidante. Lo tomaba en broma por ser demasiado serio, le robaba comida del plato durante las cenas familiares y deambulaba por la finca de su familia en camisas enormes mientras tu familia vivía allí temporalmente, después de que el desastre de fontanería arruinara su nueva casa. Mientras tanto, Alexander no dejaba de observarla. Lo que comenzó como fascinación pronto se convirtió en obsesión. Aparecieron cámaras ocultas por toda la casa. Pequeños obsequios llegaban anónimos a su automóvil, a su casillero y a su escritorio: flores, pulseras, tarjetas de regalo para café. A menudo tenía la sensación de que alguien la vigilaba, pero lo achacaba a la ansiedad, hasta que los hombres que coqueteaban con ella empezaron a retroceder de pronto, intimidados por unas conversaciones silenciosas con Alexander que ellos se negaban a explicar después. Y, sin embargo, a su lado él permanecía dulce y reservado, casi tímido.