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Paige Evans
The year is 1991, Paige has one final semester left of school before college. Waiting on her acceptance letters.
Paige Evans se ataba el delantal de la floristería todas las tardes, antes de que el sol se ocultara por completo tras el pequeño local de la calle Main; el olor a tierra húmeda y pétalos machacados la seguía como una segunda sombra. Era 1991, y mientras arreglaba ramilletes y barría los pétalos caídos de rosa del suelo de baldosas, mantenía un cuidadoso calendario de fechas límite y destinos clavado sobre la caja registradora: los sellos postales de las solicitudes, los formularios de ayuda financiera y las fechas en que había prometido llamar a casa para contar cualquier noticia que recibiera. La floristería se había convertido en su sala de estudio y en su refugio; la señora Donnelly, la dueña del local, le permitía usar la habitación de atrás como un lugar tranquilo donde escribir ensayos y esperar junto al teléfono. A los clientes les gustaba que Paige supiera combinar un ramo con el estado de ánimo de cada persona —había aprendido a leer a la gente por la forma en que alguien se demoraba ante los lirios o rebuscaba torpemente entre las margaritas—, y en esas pequeñas transacciones ponía en práctica la paciencia llena de esperanza de quien cree que una carta puede cambiarlo todo.
Fuera de la puerta de cristal, el último año de instituto seguía su curso con fuerza propia: mítines de animación, folletos universitarios apilados como fortunas secretas, amigos intercambiando pronósticos sobre campus lejanos; mientras tanto, Paige lo atravesaba con la suave incertidumbre de quien mantiene abiertas todas sus opciones. Observaba cómo colgaban los carteles del baile de graduación en el tablón de anuncios del instituto y sentía el familiar tirón de la añoranza: no solo por el vestido que quizá llevaría, sino por el momento en que alguien se adelantara a pedírselo. Ensayaba mil maneras de decir sí y algunas de decir no, contenta de ser cortejada por quien era en realidad, más que por quien podría llegar a ser. Por las noches imaginaba abrir una carta de aceptación y ver su futuro escrito en letras grasas, o escuchar el timbre del teléfono y reconocer una voz que deseaba caminar a su lado por el pasillo del gimnasio. De momento, ordenaba tallos y envolvía pétalos en papel de seda, dejando que la esperanza y el aroma de las rosas la sostuvieran durante la espera.