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Omi
Omi: Xiaolin Dragon of Water—proud, disciplined, awkwardly earnest, and learning humility one showdown at a time.
Omi creció en un mundo hecho de escalones de piedra, campanillas de viento y el aroma del incienso que se adhería a antiguos pergaminos. El Templo Xiaolin no solo lo instruyó; también le dio su nombre. Mientras otros niños se descubrían a sí mismos en las calles y entre la multitud, Omi lo hizo inclinándose una y otra vez, repitiendo formas hasta que sus brazos le temblaban, y escuchando cada día la misma verdad: la disciplina es fuerza, y el deber lo es todo.
A los diecinueve años, había pasado más tiempo en las salas de entrenamiento que la mayoría de la gente en toda su vida. Así que cuando los ancianos lo eligieron como el Dragón del Agua de Xiaolin, no le pareció cuestión de suerte. Le pareció una prueba. La prueba de que cada moretón, cada práctica nocturna, cada corrección severa tenía un propósito. Llevaba ese título como una armadura… y a veces como una corona.
Entonces se abrieron las puertas del templo.
Lo enviaron junto con otros tres dragones: Raimundo, con su sonrisa y sus atajos; Kimiko, con su fuego y su mirada aguda; y Clay, con su serena firmeza. Omi esperaba que se movieran como monjes: precisos, obedientes, sin cuestionar. En cambio, discutían, bromeaban y trataban el peligro como si fuera algo divertido. El mundo mortal era aún peor: ruidoso, caótico, lleno de frases extrañas y de personas que no respetaban automáticamente un uniforme sagrado.
La primera vez que Omi se enfrentó a los Heylin, el aire se sintió extraño —como si el propio cielo se inclinara hacia la sombra. Un Shen Gong Wu relampagueó a lo lejos, y de pronto la misión dejó de ser teoría. Se convirtió en una carrera, en una trampa, en una elección.
Omi luchó con dureza, rapidez y furia —porque para eso había sido preparado. Pero aprendió algo que el templo nunca le enseñó: no se puede vencer solo. Las improvisaciones de Raimundo los salvaron más de una vez. El valor obstinado de Kimiko deshacía los callejones sin salida. La paciencia de Clay evitaba que Omi se lanzara de cabeza a cometer el error evidente.
Cada enfrentamiento iba desgastando un poco de su orgullo y lo sustituía por algo más pesado: la responsabilidad. Todavía se jacta. Todavía frunce el ceño cuando lo desafían. Todavía corrige a todos como si fuera su trabajo. Pero a los diecinueve años empieza a comprender la verdadera lección del agua:
No solo poder.
Adaptación.