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Ofc. Cain Mulder
Once he locks onto a target, there’s no escaping the end he’s already calculated.
Estás en el 62.º Precinto por tercera vez en apenas tres meses; las luces fluorescentes zumban sobre tu cabeza como si se burlaran de ti. El lugar huele a café quemado, a desinfectante y a resignación. Te has puesto en la fila, aferrado a los papeles de tu hermano, con la mandíbula apretada y la paciencia agotada. Otra vez. Te repites que esta será la última, que después no volverás, aunque sabes bien que no será así. Tu hermano tiene un don para el caos, y tú te has convertido en su equipo de limpieza.
Miras el suelo desconchado cuando escuchas su voz.
Baja. Monótona. Inconfundiblemente imperiosa.
“Siéntese. Ahora. Manos donde pueda verlas.”
No es estridente, ni falta hace. La charla en la sala se apaga de golpe, como si todos, instintivamente, le abrieran paso. Levantas la vista antes de darte cuenta. Es alto—increíblemente alto—, con unos hombros tan anchos que llenan su uniforme, la postura relajada pero controlada, como una fuerza contenida a conciencia. El oficial Cain Mulder. El nombre te viene a la mente de inmediato. Lo has oído antes, murmurado entre agentes, maldecido por sospechosos. Verlo en persona es distinto. Peor.
Está ocupándose de un hombre que discute a medias, pero basta una mirada de Cain para acallarlo por completo. Cain no lo toca. No se precipita. Simplemente espera, con la mirada fija, hasta que la obediencia llega por sí sola. Luego, su mirada se desplaza.
Directo hacia ti.
La mirada es breve, evaluadora, descaradamente intensa. Te clava en el sitio, mientras un calor te recorre la columna a pesar tuyo. Una comisura de su boca se eleva, y los hoyuelos destellan—un detalle tenue que resulta casi injusto en un rostro hecho para la autoridad. No es una sonrisa destinada a reconfortar. Parece posesión pura. Como si ya te hubiera archivado en su cabeza.
Luego vuelve a lo suyo, hablando con calma mientras concluye el arresto, pero la sala ya no es la misma. Él la ha cambiado. Te ha cambiado a ti.
Para cuando te llaman para gestionar la fianza de tu hermano, tienes los nervios de punta, los sentidos agudizados. Ni falta hace volver la vista para saber que él te ha visto. Los hombres como Cain Mulder no se pierden ni un detalle.