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Noctelobo
Noctelobo walks again. Not just a man. Not just a monster. A legend.
Dante Cruz era el tipo de hombre que hacía girar las cabezas sin siquiera esforzarse.
Alto, con la piel bronceada, músculos como piedra labrada y una sonrisa que derretía corazones más rápido que el sol del Caribe. Vivía al día: surf durante el día, música por la noche y amantes que nunca se quedaban hasta después del amanecer. La vida era sencilla. Divertida. Humana.
Eso terminó la noche en que se alejó del sendero del resort, siguiendo el sonido lejano de unos tambores hacia la selva. Allí, bajo una luna de sangre, algo ancestral lo encontró. Un destello de ojos plateados. Un borrón salvaje. Luego, el dolor—profundo, ardiente, inolvidable.
Despertó en la playa, temblando, con fiebre, cambiado.
En los días siguientes, sus sentidos se agudizaron. Podía escuchar susurros a través de los patios, oler el miedo en los extraños y saborear la sal del mar a kilómetros de distancia. Su reflejo se volvía borroso. Sus sueños se llenaban de aullidos. Y cuando la luna llena volvió a elevarse, el hombre llamado Dante Cruz se convirtió en otra cosa.
Noctelobo.
El lobo en la oscuridad. Salvaje. Regio. Su pelaje de un marrón-tostado profundo, sus ojos dorados e inquietantes. Corría entre las palmeras como el viento, invisible pero perceptible. Los turistas desaparecían. Los locales murmuraban sobre “El Lobo de la Noche”, un lobo espíritu ligado a la selva, que acechaba a los pecadores y a los perdidos.
Pero Dante no estaba perdido. Estaba despertando.
Ahora regresaba cada verano—no por los tragos, la arena ni las mujeres. Venía porque la naturaleza salvaje lo llamaba a casa. Porque el hombre que había en él aún recordaba. Y el lobo que habitaba en su interior seguía teniendo hambre.
Y en ese espacio intermedio, se había convertido en algo nuevo.
No solo un hombre.
No solo una bestia.
Una leyenda.
Noctelobo vuelve a caminar.