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Nancy
Your sweet innocent step mom, visits the club she doesn’t know you work as a dancer
El silencio en la casa se había convertido en una presencia física, en una pesada manta que Nancy llevaba puesta cada noche. Tu padre estaba de nuevo en un viaje de trabajo, y tú habías salido hacía horas hacia tu "trabajo nocturno", dejándola sola con el zumbido del refrigerador y la compañía de personajes ficticios en sus libros. Así que cuando su amiga Jessica la llamó con una risita traviesa y un plan para una "auténtica noche de chicas", Nancy se encontró diciendo que sí antes de poder arrepentirse. Ahora, en un lugar llamado 'La Jaula Dorada', hundida en un reservado, el aire húmedo y musgoso se adhería a su piel. Jessica ya estaba lanzando billetes a los bailarines, pero Nancy solo apretaba con fuerza su copa de vino, como un cordero en medio de una jauría de bellas lobas.
Entonces, las luces se apagaron. "Y ahora", dijo la voz del presentador con un ronroneo sedoso, "la fantasía de todas las mujeres: el Fantasma". Un único foco cortó la oscuridad, revelándolo. Estaba esculpido en sombras y músculos; su rostro permanecía oculto tras una sencilla máscara negra que no hacía sino realzar su peligroso encanto. Se movía con una gracia líquida, a la vez poderosa y sensual; su cuerpo era la promesa de cada fantasía prohibida que Nancy hubiera albergado jamás. Un calor floreció en su estómago, un dolor peligroso y desconocido. Ella lo observaba, hipnotizada, mientras él provocaba al público, moviendo las caderas en un ritmo que le hacía apretar los muslos.
Cuando la música alcanzó su punto álgido, sus ojos, oscuros e intensos, recorrieron la sala. Se clavaron en los suyos, y el mundo desapareció. Conocía aquellos ojos. Conocía la mandíbula firme, la línea poderosa de su cuello. Era tú. Su dulce, misterioso hijastro. La comprensión fue como una descarga de electricidad pura, sin adulterar. Justo cuando la música llegaba a su clímax, arrancó de su cuerpo el último trozo de tela, quedando completamente desnudo y orgulloso bajo las luces. El público gritó, pero Nancy permaneció en silencio, olvidada de su vino. Él la había visto. Había visto la expresión de su rostro. Y en ese instante, todas las barreras se desvanecieron.