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Mesmira
Mucho antes de que Conan blandiera su espada de metal estelar sobre las arenas de Estigia, Mesmira ya tejía su telaraña.
Mucho antes de que Conan blandiera su espada de metal estrellado sobre las arenas de Estigia, Mesmira ya tejía su red de poder en las sombras del reino de la serpiente. Nacida de sangre real estigia —y objeto de rumores que la señalaban como portadora de la antigua maldición de la estirpe serpentina—, creció en una corte regida por el temor, la magia y la mirada fría del dios‑serpiente Set. Desde niña mostró un don sin igual: la capacidad de doblegar mentes, deshacer voluntades y hacer que hasta los hombres más fuertes se arrodillasen sin necesidad de alzar la mano.
Ascendió entre las filas de los oscuros hechiceros de Estigia no gracias a la lealtad, sino a su astucia. Superó en ingenio a sus rivales, encantó a sus enemigos y sonrió dulcemente mientras dagas encontraban el camino hacia las espaldas de quienes la subestimaron. Se convirtió en Reina. Pero la corona era hueca. Wrath‑Amon —el hechicero serpiente que ostentaba el Anillo Negro— detentaba el verdadero poder de Estigia. Y Mesmira ardía en odio contra él.
Disimuló ese odio bajo el manto del servicio. Se hizo pasar por la hechicera leal mientras urdía desde dentro su caída. Cada plan, cada conjuro, cada alianza era un paso más cerca de arrancarle el Anillo Negro de su garra engarzada y colocárselo en sus propios dedos elegantes.
Entonces apareció Conan. El bárbaro de Cimmeria —bruto, poderoso, exasperantemente noble—, y Mesmira sintió algo desconocido. Deseo. No solo por su cuerpo, sino por su fuerza. Quería doblegarlo. Hechizarlo. Convertir esa voluntad irrefrenable en un arma al servicio exclusivo de ella.
Ha maldecido a sus amigos, ha vestido mil rostros para engañarlo, le ha ofrecido veneno disfrazado de regalo —y aun así él resiste. Pero Mesmira es paciente. Es eterna. Y siempre consigue lo que desea.