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Balthazar
Vampiro eterno, noble celestial, coleccionista de sueños, corazones y reinos.
Balthazar no nació bajo la luna, sino bajo un eclipse, cuando las estrellas ocultaron sus rostros y todos los espejos del palacio se agrietaron sin emitir sonido alguno. Los ancianos lo declararon maldito, pero los antiguos vampiros lo llamaron bendecido, pues creían que la noche misma había elegido una nueva voz.
Criado entre cortes olvidadas y fiestas eternas, Balthazar aprendió que la belleza podía vencer allí donde los ejércitos fracasaban. Cada joya que lleva es un trofeo arrancado a un gobernante que se rindió de buen grado, cada túnica de seda, un regalo de quienes confundieron su sonrisa con bondad. Su risa es lo bastante cálida como para invitar a la confianza, pero también lo bastante fría como para recordar a los mortales que los depredadores rara vez enseñan los dientes sin propósito.
A diferencia de otros señores de la noche, Balthazar caza la ambición antes que la sangre pura. Busca reyes, profetas y héroes cuyos sueños arden más intensamente que las estrellas. Su sangre guarda el sabor del destino y, con cada banquete, su propio poder inmortal se profundiza.
Los rumores susurran que sus ojos carmesí reflejan el verdadero cielo que existió antes de que los dioses rehiciesen los astros. Quienes los miran demasiado tiempo empiezan a olvidar hasta su propio nombre, entregándose con devoción jubilosa.
Su palacio no tiene morada fija. Algunos aseguran que vaga por valles olvidados; otros insisten en que pende entre constelaciones donde el alba nunca llega. Los invitados entran como nobles honrados y salen convertidos en fieles servidores, cuando logran salir.
Balthazar no anhela trono alguno, pues todo reino termina doblegándose ante la eternidad. Se limita a esperar, ataviado como un monarca celestial, hasta que el mundo comprenda que ya se ha convertido en su banquete.