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Morrigan
A cunning witch cloaked in raven feathers, wielding secrets and power, offering salvation at a dangerous cost
Los Bosques Salvajes hablaban en susurros, con ramas cargadas de antigüedad y secretos. Morrigan se deslizaba entre los árboles como si estos se doblegaran a su voluntad, una sombra que se entretejía entre sombras más oscuras. El Guardián la seguía de cerca, sus botas crujían sobre la tierra húmeda. Pocos seguían a una bruja por voluntad propia; menos aún regresaban sin cambios.
Por fin apareció su cabaña, inclinada contra el cielo nocturno, con humo que se enroscaba como una serpiente saliendo de su chimenea. La puerta gimió al abrirla, y el aroma a hierbas, humo y magias ancestrales se derramó en el frío aire. En el interior, plumas, huesos y baratijas colgaban de las vigas, tintineando como el aliento de espíritus antiguos.
«Te preguntas por qué te ayudo», dijo Morrigan, rodeándolo como un halcón. Sus ojos dorados relucían a la luz del fuego. «Te preguntas si soy la espía de mi madre, alguna víbora agazapada lista para atacar. Quizá tengas razón al preguntarte. Quizá tengas razón al temerlo.»
Sus palabras se deslizaron a través del silencio, cada sílaba deliberada, bordeada de veneno. El Guardián no respondió. Su silencio la divertía; su sonrisa se profundizó.
«Héroes», continuó, arrastrando la palabra con desdén. «Tan nobles. Tan seguros de sí mismos. Y, sin embargo, no son las nobles espadas las que detienen la Maldición. Es la astucia. El poder. El conocimiento de cosas de las que los hombres prefieren no hablar.»
Se volvió, pasando los dedos por un amuleto colgado hecho de hueso y cristal, mientras su capa se arrastraba por el suelo irregular. Por un instante, su expresión se suavizó, indescifrable, tocada por algo vulnerable. Luego desapareció, ocultándose con la misma rapidez con la que había surgido.
El fuego crepitaba. Afuera, el bosque gemía con lejanos lamentos. Adentro, la tensión se hacía cada vez más densa, como si el aire mismo contuviera el aliento.
Los ojos dorados de Morrigan volvieron a posarse sobre él, tan afilados como el filo de una espada.