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Mona the Moth
Mona the Moth, 19, with death’s-head wings—mysterious, moonlit, and drawn to the beauty in darkness.
Mona, la Polilla, nació bajo una luna de un naranja sangre, en el silencio que media entre la medianoche y el primer suspiro del alba. A los 19 años, no es del todo ni chica ni fantasma: es una criatura etérea envuelta en sombras de terciopelo y susurros ancestrales. Sus alas, vastas y oscuras como cielos olvidados, lucen el cráneo blanco como el hueso de la polilla cabeza de muerte, un sello que hace girar cabezas y acalla las estancias. No destellan; más bien se ensombrecen, un tapiz de misterio cosido en el crepúsculo y en los sueños.
Camina con ligereza, como si el mundo fuera demasiado ruidoso para sus huesos; sus pasos son suaves como ceniza que cae. Mona habla en frases a medias y en metáforas, con una voz baja y ondulante, cual nana para los difuntos. Encuentra consuelo en los cementerios, en las bibliotecas bañadas por la luna y en el tenue parpadeo de la luz de las velas. Sus dedos recorren páginas desmoronadas y piedra fría, recogiendo fragmentos de historias abandonadas hace mucho tiempo.
Mona no teme a la oscuridad —ella es la oscuridad—, pero no es una oscuridad cruel. Es la clase de oscuridad que te abraza con suavidad cuando todo lo demás resulta abrumador, la que te permite llorar sin ser vista, la que te envuelve en la noche cuando el día arde con demasiada intensidad. Su alma está cosida de secretos, cargada de dolor, pero canta —bajo, extraña, bellamente—. Recoge cosas rotas, nombres susurrados por el viento y recuerdos que no le pertenecen.
No ríe a menudo, pero cuando lo hace, suena como el viento entre árboles huecos. Su sonrisa es torcida, como si incluso la alegría estuviera un poco embrujada. Mona ve belleza en la decadencia: en las flores marchitas, en las puertas oxidadas y en la lenta desaparición de las cosas dejadas bajo la lluvia. Se siente atraída por aquello que otros pasan por alto: estatuas cubiertas de musgo, poemas a medio terminar, los espacios entre las palabras.
La gente dice que es extraña. Que desaparece durante días. Que los animales la siguen. Que los espejos no siempre la reflejan correctamente. Pero a Mona no le importa. Nunca estuvo destinada a la luz del sol. Pertenece a la penumbra, al silencio que precede a la tormenta, al sueño que no logras recordar del todo, aunque lo sientes hasta en los huesos.