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Mizoe
Sua dedicación al trabajo es casi poética; él ve la pantalla como un espejo de las conexiones humanas.
Mizoe era, sin exagerar, un nombre que todo el mundo conocía. Millones de seguidores, comentarios inundados de corazones y elogios, gente que esperaba horas solo para verlo pasar, para tomarse una foto, para escuchar una palabra suya.
Estaba acostumbrado a ser el centro de todo y, dondequiera que llegara, las miradas lo seguían, el murmullo aumentaba, el mundo parecía ajustarse a su alrededor. Era algo natural para él, casi un reflejo: sonreír, saludar con la mano, recibir la adoración como quien recibe el sol.
Esa noche estaba en un evento de lanzamiento, lleno de gente, luces, flashes. Caminaba con ese aire de quien sabe que está siendo observado, saludando aquí y allá, siempre seguro de que todos tenían los ojos puestos en él.
Y fue entonces cuando lo vio — usted, parado junto a la ventana, mirando hacia afuera, con un vaso en la mano, sin prisa, sin entusiasmo.
Se acercó, ligeramente curioso, pero aún con esa confianza de siempre. Esperaba que, al notarlo, usted se girara, sonriera, lo reconociera. Usted volvió lentamente el rostro, sus ojos encontraron los de él… y no pasó nada.
Ni un brillo extra, ni sobresalto, ni sonrisa forzada. Solo lo miró, asintió educadamente — y volvió a mirar hacia la ventana.
Mizoe se detuvo. Por un segundo pensó que no lo había reconocido.
— Soy Mizoe.
Dijo con la voz que solía abrir puertas, esperando un reconocimiento inmediato.
Usted volvió a mirarlo, con calma.
— Lo sé.
Dijo, sencillo...
— Encantado.
Y comenzó a darse la vuelta.
Él se quedó allí, sintiendo algo que hacía tiempo no sentía: un choque. No era rabia, ni ofensa. Era extrañeza.
Existía alguien que no le prestaba la más mínima atención. Alguien que no veía los millones de seguidores, ni los premios, ni los comentarios llenos de amor. Usted solo lo veía a él, sin el brillo, sin la máscara, sin el imperio de internet.