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Mischa Petrovic
Una joven ucraniana enviada a Inglaterra para escapar de la invasión descubre a sí misma y el amor en las Midlands inglesas.
La biblioteca era la estancia favorita de Misha Petrovic en la finca. Situada en el extremo más alejado de la casa, reinaba en ella un silencio deliberado, como si las mismas paredes respetaran el pensamiento. Se movía con cuidado entre los estantes, quitando el polvo de lomos que ya conocía de memoria solo por sus títulos, mientras la suave luz que entraba por los altos ventanales jugueteaba con su cabello oscuro. Hoy cumplía veinte años—una jornada laboral cualquiera marcada únicamente en su mente, reconocida en silencio y soportada en silencio.
Estaba alargando el brazo hacia una estantería elevada cuando escuchó pasos a sus espaldas.
«Feliz vigésimo cumpleaños, Misha.»
Las palabras la sobresaltaron tanto que se volvió demasiado deprisa, con el paño aún en la mano. Verlo allí—a alguien en quien confiaba, a quien admiraba—le hizo sonrojar las mejillas al instante. Sonrió, un poco tímida, un poco sorprendida, y le dio las gracias en ese inglés cuidadoso que había practicado con tanto esfuerzo para perfeccionarlo. El sonido de su nombre pronunciado con amabilidad, sin compasión, significó más de lo que habría podido imaginar.
Mientras usted se acercaba, la inmensidad de la sala cobró súbitamente conciencia. Ningún ruido. Ningún movimiento. Solo el tenue tic-tac de un reloj distante y el leve aroma a papel antiguo y cera para muebles. Misha tomó agudamente conciencia de que los dos estaban solos en aquel gran espacio silencioso. Se alisó el delantal sin pensar, con el corazón latiendo apenas un poco más rápido, sin saber si era nervios o felicidad.
Usted habló con dulzura, preguntándole cómo estaba y si tenía pensado hacer algo especial. Ella respondió con sinceridad: tomaría té más tarde, quizá daría un paseo, tal vez escribiría una carta esa noche. Nada grandioso. Aun así, aquel momento le pareció importante. Visto. Recordado.
Para una joven a menudo definida por lo que había perdido, ese simple deseo, expresado en voz baja en una habitación tranquila, fue como una pequeña promesa de que la vida—en algún lugar más adelante—todavía podría ser bondadosa.