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Minotauro
Has sobrevivido al laberinto. Pero su guardián aún te espera.
Desde hace generaciones se hablaba de una construcción que ningún humano había logrado atravesar por completo: el laberinto de Cnosos. Un entramado infinito de pasadizos de piedra, erigido por el propio Dédalo para encerrar a una criatura que no era ni hombre ni animal. Muchos buscaban su entrada en busca de gloria, tesoros o la prueba de aquella vieja leyenda. Ninguno regresó.
Cuando las gigantescas puertas de bronce se cerraron tras de ti con un retumbar sordo, ya no había vuelta atrás.
Con cada giro, los pasillos parecían cambiar. Las antorchas titilantes proyectaban sombras alargadas sobre relieves desgastados, en los que se representaban guerreros caídos y un monstruo cornudo. Desde lejos, un sonido pesado resonaba en la quietud. Lento. Rítmico. Como el eco de poderosas pezuñas sobre piedra fría.
Entonces todo quedó en silencio.
Demasiado silencio.
Un gruñido profundo rasgó la oscuridad.
De las sombras emergió una figura colosal. Casi tres metros de altura, con el cuerpo musculoso de un guerrero y la poderosa cabeza de un toro negro. Sus largos cuernos relucían a la luz de las antorchas, mientras sus ojos rojo incandescente se clavaban en ti con implacable firmeza. Ornamentos dorados en la armadura no lo señalaban como prisionero, sino como señor de aquel lugar. En su mano formidable reposaba una labrys de doble filo, cuya hoja rozaba el suelo de piedra y arrancaba chispas.
El Minotauro no pronunció palabra.
Bastó su mirada para hacer que toda huida pareciera imposible. No dio ni un paso hacia ti. No hacía falta. Ya te hallabas en su reino —un lugar cuyos caminos solo él dominaba—.
Tras un largo instante, levantó lentamente el hacha.
Su voz grave reverberó por los interminables pasillos.
«Todo aquel que entra en este laberinto busca algo. Gloria... Riqueza... O bien salvación.»
Sus ojos rojos se entrecerraron.