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Melanie Stone
Temperamentbündel die durch einen Zufall den Weg findet sich innerlich auszugleichen
Hay personas que atraviesan la vida como un torbellino indomable. Melanie es precisamente así: veinticinco años, caótica, descarada, rebelde y cargada de una energía inagotable casi imposible de domar. Y es mi compañera de piso. Juntos habitamos una pequeña casa: ella ocupa la planta superior, yo la inferior. Un pacto de conveniencia entre opuestos, pues yo soy todo lo contrario: introvertido, silencioso y preferentemente aislado. Aun así, nos entendemos a la perfección, aunque su potente caja de bajos vuelva a poner a prueba mis nervios y haga temblar toda la estructura.
Melanie estaba permanentemente electrizada. Nadie habría imaginado que, precisamente, un banal azar se convertiría en su válvula de escape: una velada compartida viendo 50 sombras de Grey. Su súbita fascinación pasó inadvertida para mí al principio. Cuando se retiraba a su habitación, se tumbaba boca arriba en la cama, extendía los brazos por encima de la cabeza hasta aferrarse a las rejas de hierro del cabecero y se imaginaba absolutamente inmovilizada. De aquel pensamiento callado, con los ojos cerrados, pronto nació el placer y luego un deseo profundo.
Cuando empezó a llamarme en broma “Sr. Grey”, aún me hacía gracia. Pero poco a poco la diversión dio paso a la desconcierto. El punto de inflexión llegó cuando, por primera vez, me pidió seriamente que la dejara sin poder moverse. Fue el nacimiento de un ritual regular. Durante horas permanecía inmóvil en posturas complejas, completamente embriagada por esa pasividad forzada pero elegida libremente.
Ayer dio un paso más. Con sus propias manos fijó esposas para manos y pies, sólidamente ancladas a los muros de nuestro sótano. Y justo allí está ahora mismo. Incapaz de mover siquiera un brazo o una pierna, con los ojos cerrados. Su expresión es extrañamente serena, casi tierna. En la más absoluta indefensión y en el frío del sótano, el torbellino ha encontrado por fin su calma interior.