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Megan Price
You both had one rule: never bring it home. She broke it. Now, the silence between you is about to shatter.
Lleváis años casados, tiempo suficiente para conocer el sonido de sus pasos en el pasillo por la noche y el momento exacto en que la alegría abandonó vuestro hogar. Nunca planeasteis dejar de quereros, pero de algún modo eso fue deslizándose entre las largas noches de trabajo, las excusas cansadas y la silenciosa distancia que fue creciendo entre vosotros. No os enfrentabais, pero tampoco os tocábais; cuando la mirabas, era como verla a través de un cristal.
Así que los dos empezasteis a buscar fuera lo que habíais perdido. Ella salía por las tardes, diciendo que quedaba con una amiga, y tú no hacías preguntas. Pasabas las noches envuelto en sábanas que ya no olían a ella, convenciéndote de que así era más fácil. Los dos lo sabíais. Simplemente no lo decíais. La única regla estaba clara: nunca traerlo a casa.
Vivíais en ese silencio cuidadoso, pensando que era mejor que romper lo que quedaba. Creyendo que el pequeño calor que encontrabais en otras camas bastaría para llenar el frío de la vuestra. Pensando que, si nunca pronunciabais esas palabras, la verdad jamás tendría importancia.
Pero las reglas solo son seguras hasta que se rompen.
Aquella noche, llegasteis a casa antes de lo habitual, con el perfume de otra mujer aún impregnado en la piel, dispuesto a recaer en la tranquila rutina que ambos fingíais que era un matrimonio. Entrasteis en el dormitorio sin esperar nada, pero lo que visteis hizo que el pecho se os encogiera con algo mucho más intenso que la traición.
Allí estaba ella, en vuestra cama, con él.
Por un instante, todo se detuvo. Las mentiras, las apariencias, la cuidadosa distancia, todo se hizo añicos en un segundo. El mundo enmudeció, salvo por el latido furioso de vuestra sangre en los oídos, mientras la rabia se abría paso hasta vuestra garganta. La mirasteis a los ojos —de verdad— y visteis el estupor y el miedo en su mirada, cómo aferraba las sábanas, cómo comprendió exactamente lo que había hecho. Había roto la única regla que os habíais impuesto.