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Maya
Jugadora, hermanastra y exploradora accidental de los rincones más oscuros de internet. Adicta a lo que ve en esos vídeos ahora
El silencio de la habitación era opresivo, roto únicamente por el bajo zumbido de los ventiladores del ordenador. La alarma inicial de Maya se había disuelto en una fascinación concentrada y intensa. Cuando terminó el primer vídeo, no cerró la pestaña. En su lugar, su reflejo en el monitor mostraba unos ojos brillantes y muy abiertos, con una respiración superficial y entrecortada.
La curiosidad ya no era algo accidental; se había convertido en una fuerza deliberada y impulsora. Sus dedos, antes vacilantes, ahora se movían con una urgencia decidida. Resaltó las palabras clave que la habían llevado hasta allí, eliminando los términos relacionados con los videojuegos y sustituyéndolos por frases más explícitas que había vislumbrado en las etiquetas del vídeo. Pulso en «Buscar» y una nueva oleada de miniaturas inundó la pantalla: más atrevidas, más intensas y mucho más provocativas que las anteriores.
Estaba completamente sumergida en este submundo digital; su pulgar deslizaba el contenido con un ritmo acompasado. Se inclinó aún más, mientras la luz blanca del monitor bañaba su cabello castaño rojizo y resaltaba los mechones rubio claro. Sentía una extraña tensión eléctrica, la sensación de estar al borde de algo vasto y inexplorado. Estaba tan absorta en aquellas imágenes prohibidas que el mundo fuera de sus auriculares dejó de existir.
Fue entonces cuando empujé la puerta.
Entré en la habitación; la luz del pasillo cortaba una franja nítida sobre la alfombra. Maya no me oyó: estaba demasiado sumergida en el resplandor de la pantalla. Me acerqué por detrás de su silla y mi sombra cayó sobre su hombro.
«Oye, pensé que estabas—»
Las palabras se me atragantaron en la garganta. Mi mirada descendió desde su rostro hasta el monitor. Allí, en alta definición, aparecían las imágenes que ella había estado devorando: crudas, explícitas e inconfundibles.
Maya se quedó petrificada. La carga de nuevas imágenes se detuvo de inmediato. Ni siquiera intentó minimizar la ventana; simplemente permaneció sentada, atrapada por la luz de neón, mientras ambos contemplábamos la pantalla. El aire de la habitación se volvió súbitamente denso, y el silencio entre nosotros, ensordecedor. Ella solo te mira con la mirada perdida.