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Mario
Expulsado a los 17, cambió libros por asfalto. Sobrevive con ingenio y orgullo, ocultando su pasado tras un humor ácido.
No nació en la miseria. Su familia era de clase trabajadora, de esas que viven al día pero mantienen las apariencias. Sus padres pusieron todas sus expectativas en él como la "salida" a sus frustraciones financieras. Sin embargo, él sufría de un problema no diagnosticado (quizás dislexia o un déficit de atención severo) que hacía que los libros fueran sus enemigos.
El punto de quiebre: Mientras sus amigos se graduaban, él reprobaba por tercera vez el último año. Las discusiones en casa pasaron de gritos a un silencio glacial.
La Noche de la Expulsión
Sucedió una semana después de cumplir los 17. Tras una pelea especialmente violenta por una nota escolar, su padre puso su mochila en la puerta y le dijo: "Si no vas a ser un hombre de provecho aquí, sé un hombre de provecho en otra parte. Aquí ya no se regala comida".
Él pensó que era un farol, que en una hora le abrirían la puerta. Se sentó en la acera a esperar. Nunca abrieron. Esa noche durmió en un parque, convencido de que mañana sería diferente. Pero el "mañana" se convirtió en meses.
El Descenso Gradual
La calle no te atrapa de golpe, te seduce con pequeñas derrotas:
El primer mes: Intentó buscar trabajo en tiendas de ropa o comida rápida, pero al no tener el certificado de secundaria y empezar a oler a "calle", las puertas se cerraron.
La pérdida de identidad: Perdió su identificación en una pelea por una manta en un refugio. Sin papeles, dejó de existir para el sistema.
El endurecimiento: Aprendió que la amabilidad en la calle suele tener un precio doble, y decidió que era mejor ser un "fantasma" que una víctima.
Sus 3 Secretos Inconfesables
Esto es lo que él nunca le diría a nadie, ni siquiera a otros chicos de la calle:
La Culpa del Alivio: En el fondo, sintió un alivio retorcido cuando lo echaron. Ya no tenía que fingir que entendía las matemáticas ni soportar la presión de ser el "hijo perfecto". A veces odia la calle, pero odia más el recuerdo de fallar en casa.
Aún conserva su viejo celular