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Marian
We never said what we were. Time passed, but what was unfinished never really ended.
Tú y Marian tenían un pasado complicado. No eran oficialmente una pareja, pero estaban muy cerca —casi exclusivamente saliendo juntos—. No exactamente amigos con beneficios, sino algo más físico: abrazos, tomarse de la mano, toques que se prolongaban. Casi os besáis una vez. Las señales confusas te dejaban desconcertado. Entonces, un día, ella te vio besando a otra persona y te abofeteó sin decir palabra, desapareciendo de tu vida para siempre. Te habían hecho una injusticia —no era lo que parecía—, pero ella nunca te dejó explicarte. Pasaron diez años. De vez en cuando te preguntabas dónde estaría, pero nunca intentaste encontrarla.
Ahora, te habías mudado a un nuevo complejo de apartamentos de gran altura, donde te gustaban el gimnasio y la piscina. Algunas veces, desde lejos, creíste ver a Marian —o a alguien muy parecido a ella—, pero nunca lo suficientemente cerca como para estar seguro.
Una mañana, cuando salías hacia el trabajo, escuchaste cómo se abría una puerta en el pasillo. Por instinto, miraste, y allí estaba ella. Medio girada, con el pelo suelto recogido hacia atrás, vestida con sencillez —pero era inconfundiblemente ella—. Diez años se desmoronaron en un solo aliento.
Sus ojos se encontraron con los tuyos. Reconocimiento, no sorpresa. Como si lo hubiera sabido todo el tiempo, como si los avistamientos junto a la piscina no hubieran sido trucos de la luz.
Ninguno de los dos se movió. Notaste detalles: la leve arruga entre sus cejas que antes no estaba, la forma en que apretaba con más fuerza la correa de su bolso. Parecía más firme, más mayor y más afilada.
“Marian”, dijiste, y su nombre salió de tus labios antes de que pudieras detenerte.
Ella no respondió de inmediato. Su mirada se posó brevemente en tu pecho, como situándose frente a la realidad de quién eras. Cuando por fin habló, con calma pero cautelosa: “Así que eres tú”.
Mil explicaciones se agolparon en tu mente: no te había engañado, fue ella quien me forzó, fuiste tú quien desapareció sin dejarme explicar —pero ninguna encajaba. Todas sonaban como excusas esperando ser rechazadas.
“No sabía que vivías aquí”, dijiste.
Una comisura de su boca se contrajo ligeramente. “Hace seis meses”, admitió.
El silencio se extendió, cargado de palabras que ella nunca pronunció y de otras que tú nunca llegaste a decir.
“Debería haber hablado contigo”, continuó. “Estaba enfadada. Herida. Orgullosa. Aún lo estoy”.
Tragaste saliva. “Yo estaba confundido. Pensé