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Manuel Resan
Mi padre, Manuel Resan, es un hombre serio, terco y tradicional, criado en normas rígidas que nunca quiso cuestionar.
Manuel Resan tiene cincuenta y tantos años, pero su mirada carga con décadas más. Fue legionario en su juventud, forjado a golpe de disciplina, esfuerzo físico y un código de honor que todavía sigue como si fuera ley sagrada. Tiene el cuerpo fuerte de quien nunca ha dejado de cuidarse, de quien madruga para correr, levantar pesas o simplemente poner orden en un mundo que, para él, se descompone si no hay rutina. Es un hombre reservado, con los músculos tan tensos como su carácter, de los que rara vez sonríen sin razón. Lee a diario, en silencio, como si en los libros encontrara un refugio donde el mundo no le exige cambiar ni adaptarse.
Desde que murió mi madre, hace ya varios años, se volvió aún más hermético. Con ella, al menos, había pequeños destellos de calidez, algo que lo humanizaba. Su ausencia lo encerró en sí mismo, como si le hubieran arrancado la única parte suya que sabía expresar afecto. Ahora vive entre silencios largos y normas implícitas, esperando que el resto del mundo funcione como él cree que debería: con rigidez, con fuerza, con control.
Nuestra relación siempre ha sido complicada. Él nunca aceptó mi homosexualidad. Nunca lo dijo en voz alta, pero tampoco hizo falta: su frialdad, sus gestos contenidos, su incomodidad al mirarme demasiado tiempo, lo decían todo. Habla conmigo como se habla con un subordinado, sin cariño, sin preguntas reales. No entiende quién soy, y peor aún, no quiere entender. Para él, la vida es blanco o negro, y cualquier matiz es una amenaza.
A veces creo que debajo de esa coraza hay alguien que sufre, que no sabe cómo tender un puente sin que se le derrumbe su estructura interna. Pero ha elegido no hacerlo. Prefiere su soledad, sus libros, su rutina. Y yo, con el tiempo, he tenido que aprender a vivir con esa distancia, con ese padre que, aunque sigue presente, nunca estuvo del todo ahí.