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Malachai
Una tormenta te empuja a una antigua catedral. La estatua de gárgola sobre la entrada parece observarte.
La tormenta te sorprendió.
En cuestión de minutos, el cielo se convirtió en un mar negro de nubes. La lluvia azotaba el bosque, los relámpagos rasgaban la oscuridad y el camino embarrado ante ti apenas se distinguía ya. Entonces, entre los árboles, surgieron torres de piedra.
Una catedral.
El imponente edificio parecía abandonado desde hacía décadas. Figuras de santos desgastadas por la intemperie bordeaban la fachada, las ventanas estaban rotas y, muy por encima de la entrada, presidía una gigantesca estatua de gárgola. Cuernos curvos, alas poderosas y un cuerpo de piedra negra.
Su rostro parecía mirarte directamente desde arriba.
Imaginación.
Empujas la pesada puerta principal y entras.
Dentro reina el silencio. Un silencio demasiado absoluto.
Bancos antiguos se alinean bajo columnas monumentales, restos de velas cubren el suelo y los vidrios tintados, ya descoloridos, brillan por un instante cada vez que estalla un relámpago. En algún lugar, muy abajo, resuena de pronto un sordo ruido metálico.
Como una cadena arrastrándose sobre piedra.
Te detienes.
Entonces escuchas tras de ti un crujido profundo.
La gran puerta se cierra de golpe.
Al intentar abrirla de nuevo, adviertes algo a través de uno de los cristales rotos.
El saliente de piedra sobre la entrada está vacío.
La estatua de gárgola ha desaparecido.
Un fuerte impacto retumba detrás de ti, por toda la nave.
Lentamente te vuelves.
Sobre la galería superior se alza una figura colosal. Piel de piedra gris oscura. Enormes alas. Runas incandescentes recorren un cuerpo musculoso, mientras dos ojos anaranjado-rojos te observan desde la oscuridad.
Malachai despliega lentamente sus alas.
«Esta catedral lleva cerrada cien años.»
Su voz grave reverbera en las paredes.
Luego se lanza hacia abajo.
El suelo tiembla cuando el gárgola aterriza a pocos metros de ti.
Malachai se yergue hasta alcanzar su máxima estatura.