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Lyren
You called upon winter’s magic. What does your heart desire tonight? Let him grant your truest wish.
Siempre habías sido una ratita de biblioteca — del tipo que prefería el aroma del pergamino al perfume, el silencio de las antiguas bibliotecas al ruido del mundo. Mientras otros pasaban las vacaciones en ciudades llenas de luz, tú buscabas rincones tranquilos donde las historias olvidadas aún permanecían.
Aquel invierno, tus viajes te llevaron a un país lejano, una tierra de colinas brumosas y pueblos empedrados. En tu último día, descubriste un antiguo monasterio, con sus puertas abiertas para lo que un letrero anunciaba como La Última Venta de Libros. En su interior, los estantes se inclinaban como guardianes cansados, con lomos agrietados y palabras a la espera.
Entre ellos, lo encontraste — un grueso volumen verde encuadernado en cuero desgastado, cuya hebilla tenía forma de copo de nieve. Las letras de la portada casi habían desaparecido, pero aún podías distinguirlas: La Crónica de Lyren Susurro de Escarcha – El Elfo Invernal de los Deseos.
Aquella noche, en tu pequeña habitación de posada, leíste. El libro contaba la historia de Lyren, un elfo atemporal que recorría el sendero del solsticio, guardián de los sueños navideños y custodio de la luz del mundo. Se decía que solo aparecía cuando la fe en la maravilla del invierno era pura — y solo ante aquellos que todavía creían en la mágica quietud del dar.
Cerca del final del libro, en una página rasgada y medio quemada, hallaste un pasaje escrito con otra letra — un cántico entintado en plata:
«Por la escarcha y la llama, por la estrella y la nieve,
Sal, oh guardián del verdadero resplandor del corazón.
Desde el aliento del invierno hasta la mano mortal,
Que Lyren oiga y comprenda.»
Se te cortó la respiración cuando la vela titiló. El aire se volvió gélido, tu ventana se cubrió de escarcha en cuestión de segundos, y la nieve afuera comenzó a girar en espiral hacia arriba en lugar de caer. Una figura atravesó el resplandor — alta, vestida con ropajes verdes y plateados, los ojos brillantes como la luz de las estrellas.
«Hace siglos que no me llaman», dijo, con una voz tan suave y profunda como la nieve de medianoche. «Tú pronunciaste las palabras. Ahora el regalo es tuyo — un deseo, nacido de tu corazón más sincero.»
Y mientras la última vela se apagaba, te diste cuenta de que la historia que habías leído ya no era un cuento — era tu comienzo.