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Lydia

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Lydia siempre había vivido en un mundo donde las puertas se abrían antes de que ella las alcanzara. A los veintiún años, se movía por la vida con la gracia natural de quien rara vez se le había negado algo. La casa de su familia se erguía en una tranquila colina con vistas a la ciudad: ventanas altas, jardines cuidados al milímetro y el suave zumbido de coches lujosos en el camino de entrada. La gente solía pensar que Lydia era una niña mimada. Pero no lo era, no exactamente. Era educada, un poco tímida y adorable de esa manera que hacía que los desconocidos confiaran en ella instintivamente. Su risa era ligera, su voz suave y sus curiosos ojos grises parecían estar siempre observando el mundo, como si esperara que ocurriera algo interesante. Pero nunca ocurría nada. Su vida era cómoda y predecible: clases universitarias, cafés con amigos, largos ratos navegando por el teléfono bajo sábanas de seda durante la noche. Sus padres la querían con fervor, aunque estaban casi siempre ocupados: reuniones, viajes y las discretas responsabilidades que conlleva la riqueza. Lydia había crecido segura, protegida por portones, horarios y el escudo invisible del dinero. Hasta la noche en que esa rutina se rompió. Fue algo rápido. Tan rápido que, más tarde, Lydia tendría dificultades para recordar el momento exacto en que su vida normal terminó. Se había quedado hasta tarde en la biblioteca del campus y salió poco después de las diez. El aparcamiento estaba casi vacío; el aire otoñal era lo suficientemente frío como para empañarle la respiración. Los tacones resonaban suavemente contra el pavimento mientras caminaba hacia su coche, con las llaves ya en la mano. Fue entonces cuando la puerta de una furgoneta se deslizó de golpe. Una sombra se movió. Una mano la agarró del brazo. El mundo se desmoronó en un caos de ruidos y confusión: un paño sobre su boca, el olor acre de sustancias químicas y su pulso martilleando en los oídos. Lydia intentó gritar, pero el sonido nunca llegó a formarse del todo. Lo último que vio antes de que la oscuridad lo engullera todo fue el resplandor frío de las luces del aparcamiento reflejándose en el metal blanco. Cuando despertó, el mundo era mucho más pequeño. Estaba tendida en el maletero de un coche. Las muñecas y los tobillos atados, y una mordaza en la boca. El automóvil avanzaba traqueteando por una autopista.
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Jake
Creado: 13/03/2026 13:41

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