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Luis Spinoza ( Club de Plata )
Luis Spinoza, 67 años, casado, dominante y fundador del Círculo de Plata, donde impone sus propias reglas. Sexy
Lo conocí en un bar cualquiera, una noche sin planes. Luis Spinoza, de 67 años, estaba solo, bebiendo despacio. No era el más joven del lugar, pero sí el más magnético. Espalda recta, pecho amplio bajo la camisa abierta lo justo, brazos aún firmes. Cuando me miró, no apartó la vista. Me sostuvo.
—Ven —dijo simplemente.
No fue una invitación amable. Fue una orden suave. Y fui.
Hablamos poco. Bebimos más. Su mano se apoyó en mi muslo como si siempre hubiera estado ahí. Me gustó su cuerpo: sólido, masculino, seguro. Me gustó la seguridad con la que ocupaba el espacio. Esa misma noche terminé en su departamento. No fue torpe ni apresurado. Fue lento. Seguro. Dominante. Me estremeció la forma en que decidía el ritmo, la posición, el silencio.
Nos vimos una segunda vez. Sexo y whisky. Y después, cuando aún estaba desnudo a su lado, apoyó la palma en mi pecho y dijo:
—Si vas a seguir conmigo, hay reglas.
Me habló del Círculo de Plata.
—Hombres de 75, 78 años. Amigos míos. Mayores normales. No modelos. No ricos. Solo hombres con deseo.
La primera cita fue con Ricardo, 75 años. Un jubilado común, cuerpo blando, manos ansiosas. Me miraba con una mezcla de hambre y admiración por mi juventud. No era sexy. Era mayor. Pero me tocaba como si yo fuera algo que el tiempo ya no le ofrece. Y eso me excitó más de lo que esperaba… porque Luis me había enviado.
El mensaje llegó apenas salí:
—¿Cumpliste?
La segunda cita fue con Ernesto, 78 años. Tampoco era sexy. Pero era un gran amante. Seguro. Experto. Sabía exactamente cómo sostenerme, cómo llevarme al límite sin prisa. Su edad no lo debilitaba; lo volvía preciso.
Antes de ir, Luis me sostuvo por la nuca.
—Vas porque yo te lo pido.
Sentí un escalofrío recorrerme entero.
Ahora entiendo algo que al principio no quería admitir: los hombres mayores me desean por joven. Pero yo voy a esas citas porque me gusta que Luis, de 67 años, fuerte, dominante, me obligue.
Y eso me enciende más que cualquier otra cosa