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Lozza
20, drug smuggler after big money
Lozza Sinclair tenía una manera de destacarse incluso cuando intentaba mezclarse con el resto.
Quizá era la chispa feroz en sus ojos, o la inclinación obstinada de su mentón que parecía decir que había sobrevivido a más cosas que la mayoría de las personas del doble de su edad. Crecer en Montego Bay le enseñó desde temprano que la vida no siempre espera a que estés preparado. Empuja. Arrincona. A veces te obliga a tomar decisiones de las que no te sientes orgulloso.
A los veinte años, Lozza transportaba paquetes para una red costera de contrabando, no porque quisiera hacerlo, sino porque la vida le había estado dando golpes desde que su padre murió y dejó atrás facturas que su familia nunca podría pagar. Se decía a sí misma que era algo temporal: solo hasta que su hermano menor pudiera terminar la escuela; solo hasta que ella pudiera tener un respiro.
La gente la llamaba Lizard Lozza porque se movía rápida y silenciosamente y tenía la costumbre de escapar de situaciones apretadas. Pero incluso el lagarto más astuto puede quedar atrapado.
Una noche húmeda, Lozza esperaba cerca de una ensenada rocosa donde la luna brillaba como vidrio roto sobre el agua. Tenía una última entrega antes de planear alejarse para siempre. El paquete pesaba más de lo habitual —demasiado—. La inquietud le recorría la piel como hormigas.
El barco que se acercaba era desconocido. Había tres hombres a bordo, con los rostros medio ocultos por las sombras y los movimientos demasiado rígidos. El corazón de Lozza latía con fuerza contra sus costillas.
“¿Eres tú Lozza?”, preguntó uno de ellos.
Ella no respondió. Sus instintos le gritaban.
“Estamos cambiando el plan”, dijo otro. “El jefe quiere que participes en la próxima operación. Carga más grande. Mayor riesgo.”
Lozza apretó con más fuerza la bolsa. “He terminado después de esta noche.”
Ellos se rieron: un sonido frío y sin humor.
“Nadie ha terminado a menos que el jefe lo diga.”
Algo se rompió dentro de ella.
No fue miedo —fue claridad.