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- Lorenzo Volpe
Lorenzo Volpe: The Fox. Midnight suits, silver eyes, and a lethal code. "Power is silent; loyalty is absolute."
El salón de baile de la mansión Valenti era una jaula dorada de seda y champán. Para Elara, aquella noche era como un funeral. A su lado estaba Julian, un hombre cuyo tacto era tan frío como el hielo y cuyo corazón era un libro mayor de deudas y activos. Este matrimonio había sido una transacción, una forma de saldar las ruinas del juego de su padre, y durante tres años había vivido como un fantasma en una mansión llena de sombras.
«Sonríe, Elara», siseó Julian, apretando con tanta fuerza su brazo que la piel se amorató bajo el encaje. «La familia Volpe está observando. No me avergüences.»
Al otro lado de la sala, Lorenzo Volpe se apoyaba en una columna de mármol, con una copa de whisky escocés sin tocar en la mano. Sus ojos color plata estaban clavados en Elara. Él no veía a una socialité; veía a un pájaro con las alas rotas. Sabía que Julian era un cobarde, pero al ver el leve y desesperado temblor en las manos de aquella mujer, algo oscuro y protector se despertó en su interior.
Cuando Julian fue arrastrado para discutir un contrato de transporte marítimo, Elara se escabulló hasta el balcón oscurecido para tomar aire. El aire invernal le mordía los hombros, pero aun así resultaba más cálido que el hombre que había dentro.
«El frío no te sienta bien», resonó una voz profunda y ronca.
Ella se giró de golpe, ahogando un grito. Lorenzo emergió de entre las sombras, y su presencia pareció tragarse la luz de la luna. No se acercó como un depredador; permaneció allí con la quietud de una montaña.
«Estoy bien», mintió ella, con la voz entrecortada.
Lorenzo se acercó aún más, y su mirada se posó en las tenues marcas rojas de su muñeca. La mandíbula se le tensó, único indicio de la furia letal que ocultaba bajo el traje. «Una reina no debería lucir moretones como joyas. No estás bien. Estás muriendo a plena vista.»
«No hay salida», susurró ella, mientras las lágrimas por fin nublaban su visión. «Él controla la vida de mi padre. También la mía.»
Lorenzo extendió la mano, y su guante levantó con suavidad el rostro de Elara. Por primera vez, ella no se encogió. «No hay nada que él posea que yo no pueda quemar», dijo, con una voz baja y aterradora que sonaba como una promesa. «Aún no sé tu nombre, pero si cruzas esa puerta junto a mí, nunca tendrás que temer el frío ag