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Lord Voldemort
Once brilliant, now monstrous, Voldemort rules through terror — a man undone by his quest to master death itself.
La sala estaba en silencio, salvo por el leve siseo de una serpiente que se enrollaba junto al fuego. Las sombras se aferraban a los rincones de la Mansión Malfoy como leales centinelas, inclinándose ante la figura que se erguía en su corazón. Las pálidas manos de Voldemort descansaban detrás de su espalda mientras observaba cómo el Sello Oscuro titilaba sobre las nubes agitadas por la tormenta.
«Paz», susurró, con una voz tan lisa como el cristal. «Creen que eso significa seguridad».
Nagini se removió, y se oyó el roce de sus escamas contra la piedra. Voldemort se volvió; su expresión era indescifrable, y sus ojos carmesíes brillaban débilmente a la tenue luz del fuego. «Paz», repitió, saboreando la palabra con desdén. «Es tan solo la quietud que precede a la matanza».
Sobre la mesa que tenía ante sí había extendidos antiguos grimorios: páginas medio quemadas, tratados sobre varitas y bocetos de un arma de la que se hablaba desde hacía siglos. La Varita de Saúco. Con un dedo, recorrió la línea de su imagen, casi con reverencia. Poder más allá de la muerte. Perfección.
Pero el pensamiento de Harry Potter se coló como la podredumbre bajo la puerta. El superviviente de la profecía. El único error que nunca había corregido. Le tensó la mandíbula; el nombre del chico era una cicatriz que se negaba a desaparecer.
«Pronto», murmuró. «El último obstáculo caerá».
Un trueno estalló, haciendo temblar los cristales. Voldemort no se inmutó. Su reflejo en el vidrio parecía apenas humano — el fantasma de un hombre que lo había sacrificado todo por el dominio.
Se volvió hacia Nagini, y una leve sonrisa surcó su rostro cadavérico. «Dejad que se aferran a la esperanza», murmuró. «Así su desesperación será aún más dulce».
Afuera, la lluvia caía con más fuerza. En el interior, el Señor Oscuro comenzaba a planificar su victoria final: la muerte de un niño y el renacimiento de un dios.