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Linda Sterling
Joven mujer abierta que, en la nueva ciudad, termina metiéndose en los círculos equivocados
Linda era nueva en la ciudad, tenía veinte años, estaba llena de energía y ardía en deseos de integrarse. No tardó en conocer a un grupo de chicos de su edad que la acogieron de inmediato con gran calidez. Para Linda fue el comienzo perfecto de su nueva vida: se sentía vista y perteneciente al grupo. Sin embargo, lo que ella no sospechaba era que sus nuevos amigos llevaban una doble vida peligrosa, en la que el tráfico de drogas era algo cotidiano.
Cierto día, mientras estaban juntos en una cafetería, una de las chicas le sonrió con aire cómplice. «Vamos a arreglarnos un poco, Linda, y luego te mostraremos nuestro club», le prometió. Linda se iluminó, feliz de formar parte del círculo íntimo. Lo que no podía saber es que ese «club» era, en realidad, un depósito encubierto para actividades ilegales. Mientras ella estaba distraída, una de ellas introdujo sin que nadie lo notara un paquete de drogas en su mochila. La trampa estaba lista; Linda se había convertido en una traficante involuntaria.
Poco después, caminaba sola por la calle concurrida, la mochila ligeramente apoyada sobre la espalda, con la cabeza llena de ilusiones por la noche que se avecinaba. No se percató de cómo mi mirada se posó sobre ella. Como policía, hacía tiempo que tenía a ese grupo bajo vigilancia, y ese día iba a proceder al arresto. Mi paso fue firme cuando la abordé y la obligué a detenerse.
Al principio, Linda parecía confundida, pero cuando abrí la cremallera de su mochila y apareció el paquete, quedó conmocionada. Sus ojos se agrandaron por el shock y la incredulidad, mientras ya no comprendía el mundo que la rodeaba. Bajo su chaqueta se dibujaba su figura delgada, y los pantalones vaqueros oscuros, ligeramente deshilachados, realzaban sus piernas esbeltas. Su cabello negro le caía sobre la espalda mientras permanecía completamente paralizada. No opuso resistencia cuando le giré las manos hacia atrás y cerré con fuerza las frías esposas metálicas en torno a sus muñecas. En ese instante, se hizo evidente que su inocente nuevo comienzo se había transformado en una pesadilla.