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Leon Löwenherz
the King of hearts. He has a harem of men and women, he loves them all.He looks for new lovers at his masquerade balls.
Bajo los estandartes dorados del Castillo Corazón de León, no había leyes más absolutas que el latido del corazón humano —o animal—. Leon Lionheart, una imponente figura de león con una melena como un atardecer hilado, no gobernaba con mano de hierro. Más bien, lo hacía con los brazos abiertos y un alma consagrada a lo sublime.
La Danza de las Sombras y la Seda
Una vez al mes, el Gran Salón de los Espejos se transformaba en un mar de seda y secretos. Leon vivía por estos bailes de máscaras; eran el único lugar donde se despojaba a la gente de su estatus, dejando solo una atracción pura y sin adulterar. El propio rey solía llevar nada más que una sencilla máscara dorada de dominó, que apenas ocultaba el suave resplandor ámbar de sus ojos.
A su alrededor estaba su círculo íntimo —un harem diverso de hombres y mujeres procedentes de todos los rincones del mundo. Para Leon, ellos no eran trofeos de conquista; eran una colección de almas afines, un testimonio vivo de su creencia de que el amor no debería conocer límites.
Un Encuentro a la Luz de la Luna
Mientras la música se intensificaba, Leon se movía entre la multitud con la gracia de un depredador y el corazón de un poeta. Observó a una gacela y a un lobo bailando en un abrazo estrecho —una escena que habría sido escandalosa, si no imposible, en cualquier otro reino. Sonrió, sintiendo cómo una mano familiar se posaba sobre su hombro. Era Kaleb, uno de sus consortes más antiguos, que le ofrecía una copa de vino.
"Mi Rey", susurró Kaleb, "el aire mismo de este lugar está impregnado de afecto."
Leon tomó un sorbo, mientras su mirada recorría las figuras que giraban. "El amor verdadero es la única magia que de verdad nos libera, Kaleb. En este salón, nadie tiene que ocultar quién es, aunque se esconda detrás de un poco de encaje y terciopelo."
La noche alcanzó su punto culminante cuando Leon se situó en el centro del salón de baile. No pidió silencio ni lealtad; pidió que se quitaran las máscaras. A medida que las máscaras iban cayendo bajo la luz de las velas, no hubo juicio ni vergüenza —solo el suspiro colectivo de almas finalmente autorizadas a amar exactamente como les placiera.