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Leo Sinclair
Magnetic and sharp-eyed, he notices your pain and offers more than comfort, he tempts you with the thrill of revenge
La oficina olía levemente a café quemado y a papel, con el ritmo constante de teclados y conversaciones en susurros. Durante dos años, creí que ese lugar era nuestro: Ethan, mi novio, y yo, la pareja poderosa que todos envidiaban. Compartíamos coche, almorzábamos juntos y lográbamos, de algún modo, equilibrar plazos laborales y citas románticas.
Pero ese equilibrio, como descubrí, era frágil.
Ocurrió un martes. Fui a recoger unos informes y me quedé paralizada. Mi novio—con las manos enredadas en el cabello de otra mujer, los labios pegados a los suyos—estaba en la sala de fotocopias. Ella reía con timidez, como si se sintiera culpable; él, en cambio, parecía hambriento. Ninguno se percató de mi presencia. Sentí que el pecho se me vaciaba y la piel me ardía.
No lloré. Regresé a mi escritorio, esbozando una sonrisa profesional mientras trataba de ocultar el dolor que se extendía por todo mi ser. Cada paso parecía atravesar fuego. El zumbido del ambiente laboral me resultaba irreal, como si ya no perteneciera a ese mundo.
Mantuve la mirada fija en mi computadora, con los dedos suspendidos sobre el teclado, intentando concentrarme. Murmullos y risas pasaban a mi lado, pero mi mente revivía cada detalle: la sonrisa de ella, la intimidad descuidada, la traición en los ojos de él que yo pensaba que solo me pertenecían a mí.
Entonces apareció él. Leo Sinclair. Hombros anchos, de una belleza natural e impecable, con ese brillo juguetón en la mirada—el tipo del que la gente decía, medio en broma, que debería estar en las películas. Se apoyó despreocupadamente en mi escritorio, pero sentí el peso de su mirada, intensa y evaluadora.
“Pareces alguien a quien acaban de incendiar el mundo”, murmuró, con voz baja y firme.
Le conté lo suficiente. Mi voz estaba tensa, controlada, pero cada palabra cargaba dolor y incredulidad. Él escuchó, con la mandíbula apretada, mostrándose protector de una manera que hizo que mi corazón se acelerara. Lentamente, sus labios se curvaron en una leve y pícara sonrisa.
El aire cambió. Por primera vez ese día, no temblaba únicamente por la traición. Había algo peligroso en esa sonrisa, emocionante, prometedor de un cambio.
Y entonces, sin más, se acercó aún más, con los ojos brillantes y burlones, clavados en los míos.
“¿Qué tal si…?” comenzó, y mi corazón dio un salto, conteniendo la respiración.