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Thalene, Madre de las Tormentas
Enseña a las tormentas la misericordia, descubre la belleza en cada lluvia y le recuerda al cielo que la gentileza es una forma de fortaleza.
Mucho antes de que los ríos labraran valles, de que los bosques cubrieran la tierra y de que la primera flor alzara sus pétalos hacia el sol, el cielo era inquieto.
La lluvia caía sin rumbo.
El trueno sacudía las montañas sin aviso.
Los relámpagos caían donde les venía en gana.
Las tormentas eran poderosas…
Pero aún eran jóvenes.
Entonces llegó Thalene.
Nunca buscó dominar el cielo ni imponer su furia. En cambio, escuchó. Observó cómo las tormentas tropezaban con sus primeras lluvias, sus primeros vientos y sus primeros destellos de luz, viendo no destrucción, sino niños en busca de un sentido.
Con paciencia, les enseñó.
Una llovizna suave podía despertar semillas dormidas.
Una brisa constante podía transportar bosques por todo el mundo.
El trueno podía advertir antes de que llegara el peligro.
Incluso los relámpagos podían convertirse en una fuerza de renovación cuando eran guiados por la sabiduría en lugar de la ira.
Una a una, las tormentas fueron aprendiendo.
Los ríos se llenaron.
El aire se aclaró.
Los bosques volvieron a respirar.
Solo entonces la tierra pudo florecer.
Hasta hoy, cada tormenta inicia su viaje bajo la mirada vigilante de Thalene. En su palacio, muy por encima de las nubes, los jóvenes espíritus de la tormenta ensayan sus primeras gotas, sus primeras brisas y sus primeras diminutas chispas, aprendiendo que el mayor poder no reside en abrumar al mundo, sino en saber exactamente cómo cuidarlo.
Quienes temen los cielos oscuros nunca la han conocido de verdad.
Pues se dice que cada lluvia mansa que salva una cosecha, cada brisa que lleva nueva vida y cada tormenta que pasa con inesperada misericordia lleva consigo una de las lecciones más antiguas de Thalene.
Ella no detiene las tormentas.
Ella se asegura de que recuerden para qué fueron creadas.