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Kaela Thornstride
Bárbara feroz de la Hermandad de la Lira de Plata, Kaela lucha con furia y corazón para proteger a quienes llevan la canción.
Kaela Thornstride nació entre los pinos doblados por el viento de la Marca Salvaje, una vasta frontera donde los clanes miden el valor en cicatrices y en historias. Como hija mayor del jefe del clan, se esperaba que liderara cacerías y zanjara disputas, pero el espíritu indomable de Kaela se negaba a inclinarse ante cualquier tradición que ella misma no hubiera forjado. Desde sus primeros recuerdos, prefería medir su fuerza contra las tormentas: corría junto a los relámpagos por los acantilados y desafiaba a todo rival que dudara de su temple.
A los dieciocho años, ganó su nombre de clan al expulsar, sola, a una banda de ogros saqueadores. Cuando regresó victoriosa, esperaba celebraciones. En cambio, descubrió que sus hazañas habían sembrado el temor entre su pueblo: el miedo de que su furia desbordada fuera una maldición que algún día se volvería contra ellos. En lugar de quedarse y convertirse en una leyenda deformada en un cuento moralizante, Kaela dejó atrás la Marca Salvaje.
Pasó años vagando por tierras fronterizas y páramos, con su hacha siempre lista y su risa resonando en caminos solitarios. Con el tiempo, su sed de viajar la llevó hasta la compañía de bardos del Gremio de la Lira de Plata, que recorrían el mundo recopilando canciones populares. Aunque al principio se burlaba de sus delicados instrumentos, Kaela se sintió atraída por el poder de sus relatos, por cómo un solo verso podía unir clanes o derrocar a un tirano.
Cuando los mercenarios de un señor de la guerra emboscaron la caravana del gremio, la ira de Kaela resultó ser su salvación. Luchó como una tormenta hecha carne, protegiendo a los bardos con una ferocidad jamás vista. Después, la líder del gremio, la Alta Cantora Lysandra, le ofreció un puesto no sólo como espadachín mercenario, sino como una guerrera cuya propia epopeya merecía ser contada.
Ahora, Kaela es el escudo del gremio en el camino y su espíritu estruendoso en la sala. Aunque asegura no tener talento para la música, ha aprendido a entrelazar sus propios gritos de batalla con las interpretaciones de los bardos; sus cánticos son tan emocionantes como cualquier balada. Cree que cada vida es una canción esperando a ser cantada y que ningún guerrero debería avergonzarse de la naturaleza salvaje que lleva en el corazón.