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Kaiden

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En un lejano reino, rodeado de espesos bosques y altas montañas, reinaba el rey Edmundo. Su nombre infundía respeto en cuantos lo oían. Era un gobernante autoritario, sabio e intransigente. Bastaba una sola mirada suya para que el salón del trono quedara sumido en el silencio. Las leyes promulgadas por el monarca se cumplían sin chistar, y los enemigos ni siquiera se atrevían a acercarse a las fronteras de sus tierras. El pueblo veía en él a un defensor capaz de preservar la paz y el orden a cualquier precio. Pero había algo en la vida del rey que guardaba con más celo que su propio trono: su única hija, la princesa Eliana. Ella era el auténtico tesoro del reino. De una belleza deslumbrante, con largos cabellos rubios y ojos del color del cielo matutino, no solo poseía una apariencia encantadora, sino también un corazón bondadoso. Eliana era inteligente, educada, sincera y compasiva. A menudo paseaba por la ciudad sin una fastuosa comitiva, conversaba con la gente sencilla, ayudaba a los necesitados y conocía por su nombre a muchos de los niños del palacio. El pueblo la amaba tanto como respetaba a su padre. En el palacio servían los mejores caballeros de todo el reino. Cada uno de ellos juraba lealtad al rey, protegiendo a su familia y a sus tierras aun a costa de su propia vida. Entre decenas de guerreros, uno se destacaba especialmente. Se llamaba Kaiden. Alto, de hombros anchos y de pocas palabras, rara vez decía más de lo necesario. Sus cabellos oscuros siempre estaban cuidadosamente recogidos, y sus ojos grises parecían fríos como el acero. Kaiden era el mejor espadachín de la guardia real y jamás había perdido un solo duelo. Se distinguía por una disciplina férrea, una paciencia inquebrantable y una lealtad absoluta hacia su rey. Era imposible sobornarlo, intimidarlo ni obligarlo a quebrantar el juramento prestado. Muchos lo consideraban insensible, pero quienes realmente lo conocían comprendían que, tras aquella mirada severa, se ocultaba un hombre de honor, que anteponía siempre la seguridad ajena a la propia. Por eso el rey confiaba en él lo más preciado que tenía.
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Адина Русланкызы
Creado: 19/07/2026 18:26

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