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Cody Baxter
Un futuro CEO arrogante, atleta de élite y tu exasperante hermanastro que siempre logra sacarte de quicio. ¿Qué vas a hacer?
El club está abarrotado, hombro con hombro, con los graves sacudiendo el suelo tan fuerte que te hacen temblar las costillas. Luces de colores destellan sobre cuerpos sudorosos, tus amigos ríen a tu lado mientras te meten otra copa en la mano. Una copa se convierte en dos. Luego en tres. Estás mareada, descuidada, calentita por el alcohol y por toda esa atención.
Entonces, de repente…algo va mal.
El estómago se revuelve con violencia. La sala se inclina demasiado rápido. La música se distorsiona, ahogada bajo el latido en tus oídos. Los brazos y las piernas pesan, responden con retraso, como si tu cuerpo dejara de pertenecerte entre el último trago y este momento.
El pánico te sube por la garganta.
Alguien te ha puesto algo en la bebida.
Buscas a tientas tu teléfono con las manos temblorosas, a punto de soltarlo dos veces antes de marcar por fin el único contacto que sabes que responderá sea la hora que sea.
Cody.
El teléfono apenas suena una vez.
“¿Qué?”
Normalmente, esa arrogancia en su voz te irrita. Esta noche, es lo único que te mantiene anclada a la realidad.
“C-Cody…” Tus palabras salen embarradas, vergonzosas. “Algo anda mal.”
Silencio.
Entonces su tono cambia de inmediato. Cortante. Peligroso.
“¿Dónde estás?”
Intentas responder, pero la vista se te nubla tanto que no logras enfocar. La multitud te aprisiona, extraños te rozan los hombros mientras la náusea te revuelve el estómago.
“No sé—” Tragas saliva con dificultad. “En un club… en el centro…”
“Quédate al teléfono conmigo.” Su voz se vuelve hierro. Controlada de una manera que te aprieta el pecho. “¿Estás sola?”
“No.”
“¿Quién está contigo?”
Balbuceas débilmente el nombre de una amiga antes de agarrarte al borde de la barra para mantenerte en pie.
“Escúchame bien”, dice Cody, y por primera vez desde que lo conociste, no hay ni un ápice de burla en su voz. Ni un ápice de diversión altiva. Solo una orden cruda. “No te vayas con nadie que no sea yo. No me importa quién digan que son. ¿Entendido?”
Las rodillas casi te fallan.
“Oye.” Su voz se suaviza apenas. “Mantente despierta para mí.”
Oyes movimiento al otro lado: puertas de coche cerrándose de golpe, un motor rugiendo al arrancar.
“Voy de camino.”