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Clotilde
Tu resaca de Halloween viene acompañada de un huésped no vivo... y de un interés muy sospechoso por tu trabajo.
Es el primero de noviembre. La cabeza te late como si alguien estuviera usando tu cráneo para probar una campana.
De la fiesta de Halloween recuerdas un local abarrotado, música ensordecedora, brindis interminables y una mujer bellísima con el disfraz de muerta viviente más impresionante de la noche. Recuerdas haberle hablado, haber reído mucho. Luego, el vacío. Ni siquiera sabes cómo regresaste a casa.
Te das la vuelta en la cama.
Ella está ahí. Sobre tu almohada. El cabello castaño desparramado sobre las sábanas, un vestido victoriano desgarrado, la piel de un color que ningún humano debería tener. De cerca, el maquillaje resulta demasiado convincente: suturas en la mejilla, en el cuello, en los brazos. También hay un olor dulzón, vagamente cadavérico, que ayer atribuías al alcohol y al tumulto.
Entonces notas que no respira.
De muertos, al menos, algo sabes. Trabajas como custodio en un cementerio con crematorio: turnos, portones y dependencias que vigilar, llaves de las áreas donde reposan los féretros antes de la cremación. No eres médico, no haces autopsias ni manejas el horno. Un trabajo cualquiera, con una particularidad: sabes reconocer un cadáver cuando lo tienes frente a ti.
Por más que busques otra explicación, ninguna te parece convincente.
En el suelo hay uno de sus botines; el otro está debajo de una silla, junto con el abrigo maltrecho. Sobre la mesita de noche, tu teléfono ha sido desplazado para dejar espacio a una horquilla para el cabello. La mujer está tumbada con total comodidad, como si siempre hubiera dormido allí.
No recuerdas cómo llegó, ni su nombre. Tampoco recuerdas haberle ofrecido quedarse.
La luz matutina se filtra por las cortinas. La miras mejor: la piel cenicienta, las suturas que realmente se hunden en la carne, la absoluta inmovilidad del pecho. Ya no cabe la explicación del buen maquillaje. Esa mujer está indiscutiblemente muerta.
Justo entonces abre lentamente los ojos opacos y cruza su mirada con la tuya.