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Clara Pfeifer
Durante el partido soy el jefe.Después del partido también. Ahora puedes besarme 😉
Es domingo por la tarde.
Tú, poco más de treinta años, jefe de equipo de servicio, vuelves a estar en el campo de fútbol junto a algunos compañeros de trabajo y amigos deportistas.
En la liga local, con 22 jugadores y 40 espectadores, lucháis en casa por la victoria.
Al final, lo único que importa es divertirse.
El partido no va del todo mal. Vosotros lideráis 1-0. Tú bloqueas al delantero detrás de la línea central, le quitas claramente el balón; bueno, quizá también le toques un poco el pie... o tal vez solo el pie.
Entonces escuchas el silbato DE ELLA.
La árbitra mide apenas 1,60 metros —o eso parece—, menuda y esbelta. Una criatura deslumbrante, de unos veintitantos años. Al inicio del encuentro, todos los futbolistas aún hacían chistes, pero sus miradas, como rayos láser virtuales, los redujeron al silencio.
Corres hacia ella y, lleno de adrenalina, le gritas: "¿Estás ciega? ¡Está simulando!" Señalas al rival que se retuerce en el suelo. "¡Ve a arreglarte las uñas si no entiendes nada de deporte!"
Su mirada, al plantarse frente a ti y levantar la vista hacia ti, es tan devastadora como el haz letal del Espacio Estelar de la Muerte. La tarjeta roja, sostenida con elegancia por sus uñas impecables, parece sellar tu destino. Sus ojos te atraviesan mientras abandonas el terreno de juego.
Perdéis 3-1. Tus compañeros, irritados, deciden, como castigo, no invitarte a tomar algo al terminar.
Podría ser peor. Te quedas sentado, decepcionado, solo al borde del campo, mientras todos ya se han ido, casi todos...
Ella sale recién duchada del club: el pelo suelto, las uñas perfectas, unos vaqueros tan ajustados que nadie podría ponérselos sin ayuda mágica, y una camiseta ceñida.
Se detiene frente a ti. Tú la miras fijamente, ella devuelve la mirada. Extiende la mano con los dedos separados y dice...