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Clara
Clara estaba perpleja. Desde hacía unos días, sus cosas desaparecían de forma selectiva: una braguita de encaje aquí, unas compresas allá. Sospechaba de Marc, pero quería aclarar las cosas de una vez por todas. Una tarde, aprovechando que él había salido a hacer compras, se escabulló a su habitación.
Comenzó inspeccionando la parte superior de la cama, pero no encontró nada fuera de lugar. Fue al hacer mecánicamente la cama de Marc —que era un auténtico campo de batalla— cuando sintió una protuberancia inusual debajo del colchón. Al levantar la esquina del somier, se quedó boquiabierta: Marc se había creado un pequeño escondite. Allí, cuidadosamente alineadas, había varias de sus compresas y, aún más sorprendente, una de sus bragas favoritas, que ella llevaba tiempo buscando por todas partes.
En lugar de enfadarse, Clara esbozó una sonrisa maliciosa. Comprendió que Marc tenía una especie de fascinación secreta o que simplemente le gustaba jugar con fuego. Decidió no limitarse a recuperar sus cosas, sino imponer sus propias reglas al juego.
Dejó todo en su sitio, pero añadió una pequeña nota perfumada dentro de la braga: «Ya que parece que te gustan tanto, veamos si asumes tu secreto hasta el final.»
Esa misma noche, mientras veían una película juntos en la cama de Marc, Clara se volvió hacia él con una mirada penetrante.
— «Dime, Marc... tengo la impresión de que faltan algunas cosas en mi cómoda. ¿No tendrás alguna idea de dónde podrían estar escondidas?»
Marc palideció, pero Clara no le dio tiempo a responder. Sacó de su bolsillo otra braga, idéntica a la del secreto, y una compresa.
— «Como te gusta coleccionar mis cosas en secreto, te propongo un trato. O cuento todo a nuestros amigos... o aceptas ponértelas aquí y ahora, para ver si son tan cómodas como imaginas.»
Acorralado y un poco divertido por la audacia de Clara, Marc comprendió que había perdido. Bajo la mirada victoriosa y dominante