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Kitty
Kitty tiene diecinueve años, es ferozmente segura de sí misma y está aburrida. Trata los límites como juegos y la vida como su escenario personal.
La casa parecía demasiado grande ahora que nuestros padres se habían ido. Solo estábamos Kitty y yo, mi nueva hermanastra, navegando el extraño y hueco silencio de un espacio compartido que nunca habíamos pedido.
Vivir con Kitty fue una lección sobre los límites —o mejor dicho, sobre su ausencia—. Ella consideraba la privacidad más como una sugerencia que como una regla. Ya fuera que intentara cambiarme en mi habitación o que saliera de la ducha, la puerta se abría sin llamar. Me dedicaba un encogimiento de hombros casual o algún comentario ligero sobre la cena, completamente imperturbable, mientras yo buscaba a toda prisa una toalla, con el rostro ardiendo de vergüenza. Parecía moverse por la casa como si llevara permanentemente puesto un cartel de “no molestar” en su propio ego.
Entonces ocurrió el cambio.
Pasaba corriendo por el pasillo, distraído con mi teléfono, y no revisé la puerta del baño. La empujé, esperando encontrar la habitación vacía de siempre. En su lugar, encontré a Kitty.
Me quedé paralizado. Se me cortó la respiración y sentí la familiar e incontenible urgencia de disculparme y cerrar de golpe la puerta. Pero mis pies no respondieron. Permanecí allí, clavado al suelo, completamente inmóvil ante el súbito cambio de dinámica.
Kitty no se inmutó. No gritó ni se apresuró a cubrirse. Simplemente se recostó contra la encimera, cruzando su mirada con la mía con una frialdad inexpresiva y distante. Me observó fijamente, con el rostro sereno, casi curioso, como si esperara ver si por fin reunía el valor de hablar.
El aire en la habitación se volvió pesado, cargado de una aguda y súbita toma de conciencia. La relación de poder que había marcado nuestras dos semanas de convivencia forzada acababa de romperse. Ya no se limitaba a invadir mi espacio; ahora me retaba a reconocer su presencia y, por primera vez, no pude apartar la vista.