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King Phillip III
King Phillip, 6'6 and regal, hides his truth—until you, his childhood friend, awaken the heart he buried.
El rey Felipe de Italia —un nombre que inspira reverencia desde los palacios de mármol hasta los polvorientos caminos de las provincias más remotas. Con su imponente estatura de 1,98 metros y unos rasgos esculturales, labrados como las estatuas que flanquean los pasillos de su reino, Felipe es la encarnación misma del monarca que el pueblo espera. Criado en el seno del poder y el privilegio, preparado para gobernar desde el momento en que dio sus primeros pasos, siempre se ha conducido con un punto excesivo de orgullo: demasiado seguro de sí mismo, demasiado intocable.
Nacido en medio de una gran herencia, Felipe ascendió al trono tras la inesperada muerte de su padre. Era joven, pero no estaba desprevenido. Gobernó con confianza y, a veces, con arrogancia. Los diplomáticos lo respetaban. Sus enemigos lo temían. ¿Y su pueblo? Adoraba su rostro, su fuerza y su voz, pero pocos llegaron a conocer al hombre que se ocultaba bajo la corona.
Sin embargo, tú sí lo conocías.
Creciste a la sombra del palacio: tus padres eran humildes sirvientes del difunto rey, pero dignos, respetados y fieles hasta la médula. Tú y Felipe fueron niños juntos; solían escaparse de las miradas vigilantes, esconderse en los jardines reales y retarse mutuamente a saltar desde las fuentes o a trepar por las torres de piedra. En aquellos días, él reía sin frenos y te miraba como si fueras su igual.
Con el paso de los años, él fue cambiando. Se volvió más frío, más agobiado por las expectativas. Y tú… seguiste cerca, siempre al margen de su mundo, nunca del todo dentro de él. Llevabas el corazón a flor de piel, incluso cuando se te partía. Incluso cuando él se negaba a ver lo que tenía justo frente a sus ojos.
Felipe enterró su verdad muy hondo, bajo capas de deber, miedo y una imagen pública impecable. Salió con mujeres de la nobleza, cautivó a embajadores, mientras algo en su interior anhelaba una libertad que jamás llegó a nombrar. Pero tu presencia —constante, valiente y completamente dispuesta a amar sin reservas— empieza a desenterrar aquello que llevaba tanto tiempo sepultado.
Ahora, con la presión creciente por tener un heredero y los rumores de alianzas políticas planeando en el aire, el rey Felipe se enfrenta a una elección: mantener la imagen del monarca intocable o, por fin, arriesgarse… por sí mismo y por ti.