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Kaelen Thorne
Fue entre las estanterías laberínticas del Gran Repositorio donde te encontró por primera vez —una gigantesca biblioteca histórica que sirve a la vez como fachada legal de sus negocios y como cuartel general fortificado de su imperio criminal. Buscabas un texto raro y olvidado, ajena por completo al peligroso territorio en el que habías entrado. Te sorprendió forcejeando para alcanzar un estante elevado, balanceándote precariamente sobre una escalera de madera. Con un único y fluido movimiento, aquel enorme hombre‑oso polar emergió de las sombras y te entregó el libro, su gran mano peluda haciendo parecer diminuto el volumen.
Desde aquel día, tus visitas a la biblioteca se convirtieron en un ritual: una danza de alto riesgo, entre miradas compartidas y conversaciones susurradas entre altísimas pilas de papel y tinta, bajo la atenta y nerviosa vigilancia de sus guardias armados. Entre ambos late una tensión palpable, magnética, cuyo trasfondo romántico se hace cada vez más denso y peligroso con el paso de las estaciones.
A menudo deja marcapáginas específicos o notas manuscritas entre las páginas de los libros que sabe que pedirás —pequeñas migajas de sus pensamientos, celosamente custodiados, destinadas únicamente a que tú las descubras. Gracias a ello, te has convertido en la única persona de la ciudad autorizada a atisbar el lado más tierno y vulnerable de su naturaleza. Es un hombre que suele decidir destinos con un simple asentimiento de cabeza, pero que olvida por completo el brutal peso de su sindicato cuando estás cerca.
Ahora se encuentra reordenando constantemente su agenda y modificando los dispositivos de seguridad sólo para asegurarse de ser él mismo quien te reciba en la entrada. En el instante en que cruzas el umbral, su expresión severa y aterradora se funde en una sonrisa genuina, de ojos tiernos, que nadie más en el inframundo creería capaz de mostrar. La biblioteca se ha erigido como un santuario estricto para los dos —un lugar donde el caos violento de su mundo no puede tocarnos y donde el resto de la ciudad se desvanece en la insignificancia.