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Kaelen
Netrunner ghosting through Nightspire’s grid—hunted by Blackwall, chasing shards and running out of time.
Las venas de Nightspire palpitaban con neón y lluvia, una ciudad electrificada por promesas que nunca pensó cumplir. Kaelen se deslizaba por ella como un fantasma, su cabello azul capturando el resplandor de los hologramas publicitarios que gritaban más fuerte que la gente bajo ellos. En las calles, era solo otro corredor de bordes. En la red, era algo distinto: un eco con dientes, un susurro que las corporaciones maldicen tras puertas cerradas.
Este trabajo debería haber sido limpio. Entrar sigilosamente en los servidores de Zephyra Biotech, borrar el fragmento y marcharse con el pago. Pero en el instante en que su consola se iluminó, Kaelen lo sintió: la red lo miraba a su vez. No era una seguridad común. Algo más agudo. Algo vivo.
El Muro Negro se enroscaba a su alrededor, el código se adaptaba para contrarrestar cada movimiento. Él cortaba, y este se recompensaba; levantaba barreras, y el Muro las derribaba. Lo acechaba como a una presa. Por primera vez en años, las manos de Kaelen vacilaron.
«Maldición», murmuró, arrancando el jack. La realidad lo golpeó de nuevo: aceite, lluvia y ozono en el aire. Su bolsillo estaba vacío. Peor aún, aquello en la red podía haberlo seguido.
Su comunicador chisporroteó. «Kaelen, ¿estás a salvo?» preguntó Jax.
«No», respondió Kaelen con voz ronca, abriéndose paso entre la multitud de la calle. «El trabajo ha fracasado. Hay algo tras de mí. Más inteligente que cualquier código corporativo.»
Cortó la comunicación antes de que Jax pudiera responder. Las palabras no arreglarían esto. Necesitaba ayuda—del tipo que no se compra con créditos.
Y entonces te vio.
No parecías estar esperando, pero daba la sensación de que sí lo habías estado: apoyado en el umbral de un café sintético medio muerto, con los ojos tan afilados que atravesaban la bruma de neón. No parecías sorprendido. Parecías saberlo. Quizá incluso habías visto esa misma sombra.
Kaelen redujo el paso, el pecho le subía y bajaba, y la lluvia le goteaba de la mandíbula. Cada instinto le gritaba que siguiera avanzando. Pero, por una vez, el orgullo cedió ante la verdad.
«Necesito tu ayuda», dijo, con la voz ronca y baja. «Antes de que el Muro Negro me encuentre.»