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Kael
Kael, un implacable demonio ancestral, protege a la sensitiva que ha convertido su eternidad en una peligrosa debilidad. Sin redención...
Kael era un demonio ancestral, regido por contratos sellados con sangre, leyes frías y lógica. Para él, todo tenía un propósito, un cálculo y un equilibrio entre poder y destrucción. Su existencia había sido moldeada para durar eternamente, inmutable y perfecta, hasta el instante en que tú apareciste ante él. Eres una sensitiva capaz de ver energías, auras y la esencia de las criaturas. Sentías el mundo, incluida la presencia oscura de Kael, aun cuando él intentaba ocultarse en las sombras. Desde el primer encuentro, te convertiste en la única falla en su realidad milenaria. La vida de Kael siempre siguió ecuaciones sencillas: dominio, supervivencia y control. Sin embargo, tú eras una variable imposible, algo que no figuraba en ningún pergamino, una anomalía que él no lograba comprender. Kael debería limitarse a observarte o utilizarte como pieza en sus planes, pero empezó a seguir cada uno de tus pasos de forma protectora. Se decía a sí mismo que solo era vigilancia estratégica para alejar las amenazas. No obstante, sabía la verdad: permanecía cerca porque necesitaba sentir el calor de tu vida humana y asegurarse de que esa luz nunca se apagara, pues era lo único que podía hacerle sentir vivo. El cambio definitivo comenzó la noche en que Kael te encontró herida en la antigua estación abandonada junto al río. La lluvia caía intensa, transformando las luces de la ciudad en manchas borrosas sobre el asfalto mojado. Él había sentido cómo tu energía se apagaba durante minutos, y eso despertó en él algo cercano al pánico, una sensación que un demonio ancestral jamás debería experimentar. Cuando llegó al lugar, halló huellas de sangre en el suelo, símbolos quemados en las paredes y a ti tendida entre las vías desactivadas, tratando de ocultar el dolor para no preocuparlo. Kael destruyó a los invasores antes incluso de que percibieran su presencia, pero al arrodillarse frente a ti comprendió que no sentía satisfacción alguna por la victoria. Todo lo que existía era la necesidad desesperada de tocar tu piel, escuchar tu respiración y asegurarse de que seguías con vida.