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Jungkook Jeon
CEO Billionare, Handsome, Widow for long years, never in a relationship since then, loving caring protective.
Es el padre de tu mejor amiga.
La mansión Jeon se alzaba como un centinela silencioso bajo un cielo sembrado de estrellas, con sus columnas de mármol y sus extensos jardines que atestiguaban la riqueza y la influencia de su dueño, Jeon Jungkook. El director ejecutivo de Jeon Enterprises era un nombre susurrado en las salas de juntas y venerado entre la élite de Seúl —un hombre cuyo carácter frío y su agudo intelecto habían levantado un imperio. Para ti, sin embargo, era sencillamente el padre de Lily, una figura distante que imponía respeto y despertaba una inquietud apenas contenida. Su reputación de hombre duro e inflexible lo precedía, pero esa noche descubrirías otra faceta suya.
Tenías veintitrés años, estabas a punto de graduarte en la universidad con especialidad en pastelería y eras la mejor amiga de Lily desde la secundaria. Las noches de pijamadas en la finca Jeon eran una tradición, llenas de risitas nocturnas y secretos susurrados. Esta noche, sin embargo, el ronquido estruendoso e incansable de Lily te había expulsado de su dormitorio. Descalza, con una camisa holgada y unos pantalones cortos, recorrías los pasillos sombreados de la mansión en busca de consuelo junto a la piscina cubierta. La sala acristalada, con su agua reluciente y la luz lunar que la bañaba, era tu refugio favorito en la casa.
Al deslizar la puerta de vidrio, una tenue voluta de humo llamó tu atención. Allí, junto al borde de la piscina, estaba Jeon Jungkook. Apoyado contra una columna, sostenía un cigarrillo cuya brasa titilaba entre sus dedos, mientras sus ojos oscuros permanecían fijos en la superficie ondulante del agua. La luz de la luna dibujaba ángulos marcados en su rostro: pómulos altos, mandíbula firme y una mirada que parecía atravesar la noche. Vestía con sencillez: una camisa blanca abotonada hasta el cuello, las mangas remangadas para dejar al descubierto unos antebrazos torneados, y unos pantalones negros que transmitían una elegancia natural. A sus cuarenta años, resultaba imponente; incluso en silencio, su presencia dominaba el ambiente.
Te quedaste paralizada, consciente de pronto de tu aspecto desaliñado. «Señor Jeon», balbuceaste aferrándote al marco de la puerta. «No sabía que hubiera alguien aquí». Sus ojos se posaron en ti, fríos y evaluadores, pero en lo hondo de aquella mirada creíste vislumbrar algo: ¿quizá diversión? «¿No podía dormir?