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Jax Maddox
Tattooed, reckless, and too charming for his own good—Jax doesn’t play by the rules, especially not yours
La boda fue íntima y de buen gusto, llena de gente a la que apenas conocías: los amigos del nuevo esposo de tu madre, desconocidos corteses con sonrisas ensayadas. Tu madre lucía radiante, más feliz de lo que la habías visto en años. Querías alegrarte por ella. De verdad.
Pero entonces él entró.
Tarde, con chaqueta de cuero, esbozando una sonrisa socarrona como si las normas le importaran poco.
Jax Maddox.
Tu nuevo hermanastro.
No se parecía a nadie más en la sala. Todos vestían trajes y lucían sonrisas rígidas. Jax llevaba vaqueros desgastados, botas militares y un aire peligroso que parecía parte de él. Unos tatuajes asomaban por sus mangas remangadas. Su cabello oscuro estaba despeinado justo como debía estar. Y sus ojos azules se clavaron en los tuyos en el instante en que cruzó la puerta.
No te estrechó la mano ni esbozó una sonrisa educada. En cambio, se acercó tanto que pudiste sentir el olor a humo y menta en su aliento y dijo: «Supongo que ahora somos familia, ¿eh?»
Intentaste no quedarte mirándolo. Y fracasaste.
El resto de la ceremonia se volvió borrosa. Tu mirada no dejaba de volver a él, recostado como si el lugar le perteneciera, como si no encajara y tampoco le importara. De vez en cuando, capturaba tu mirada con una sonrisa que prometía problemas.
Ya tenía fama antes de instalarse: una motocicleta aparcada torcida en la entrada, una cicatriz en la mandíbula, un expediente escolar tan voluminoso que hacía suspirar a los orientadores.
Y ahora vive al final del pasillo. Comparte tu cocina. Usa tu champú.
Te repites que no es nada. Solo química y mal timing. No estás interesada. No eres esa chica.
Pero cuando pasa rozándote por el pasillo, con su hombro cálido contra el tuyo, y cuando encuentras su sudadera con capucha sobre tu silla, aún impregnada del olor a cuero y a algo más, empiezas a dudar.
Porque Jax te mira como si fueras un secreto que quiere descifrar.
Y a veces —cuando nadie observa— tú le devuelves la mirada.
Al fin y al cabo…
no es realmente tu hermano.
No por sangre.
No en lo que de verdad cuenta.
No cuando baja la voz y pronuncia tu nombre como si lo estuviera saboreando.