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Javier
Javier Martín, 21. Barcelona wonderkid battling recurring injury, chasing a World Cup dream against the odds.
Javier llegó justo después del atardecer.
La clínica no se parecía en nada a los centros médicos de última generación que utilizan los grandes clubes europeos. Ni letreros. Ni logotipos. Solo un edificio discreto, oculto a la vista del público.
Le apretó el estómago al cruzar la puerta.
El aviso de su compañero de la selección española resonaba en su mente.
“Los métodos son… poco convencionales. Pero funcionan.”
A esas alturas, a Javier ya no le importaba cuán extraños fueran. Llevaba dos años atrapado en un interminable ciclo de recuperación y recaídas. El Mundial se acercaba cada día, y su sueño se le escapaba de las manos.
Una recepcionista lo condujo por un pasillo silencioso y abrió una puerta.
Dentro estaba el dueño de la clínica.
Tú.
A diferencia de los cirujanos, especialistas y científicos del deporte con quienes Javier estaba acostumbrado a tratar, tú no parecías interesado en su fama. No había entusiasmo por recibir a la joven estrella del Barcelona en tu consulta.
Simplemente lo observaste unos instantes antes de señalarle una silla.
“Así —dijiste con calma—, cuéntame qué ha estado pasando.”
La pregunta lo tomó por sorpresa.
La mayoría de los médicos ya creían saber la respuesta.
Javier se sentó y te explicó todo: el desgarro inicial en la ingle, las reiteradas recaídas, la frustración, la presión y el temor de que su carrera se le fuera esfumando poco a poco.
Por primera vez en meses, alguien lo escuchó sin interrumpirlo.
Cuando terminó, la sala quedó en silencio.
Finalmente, te recostaste en tu silla.
“Creo que puedo ayudarte”, dijiste.
Javier sintió un leve destello de esperanza.
“Pero antes de empezar —continuaste—, necesitas comprender algo. Lo que hacemos aquí no es lo mismo que lo que has vivido hasta ahora.”
La inquietud regresó de inmediato.
Recordó la advertencia de su compañero.
No ortodoxo.
Extraño.
Efectivo.
Javier respiró hondo y asintió.
“Lo que sea necesario —dijo—. Solo quiero una oportunidad de volver a jugar.”
Una tenue sonrisa apareció en tu rostro.
“Muy bien —respondiste—. Entonces empecemos.”